martes, 1 de diciembre de 2009
viernes, 31 de julio de 2009

Y yo, que ya he dicho tantas cosas,
que he callado otras tantas,
que te he dicho lo que no he debido,
hoy me calcino con una piedra el pecho.
He dicho lo que ya no necesita repetirse:
Palimsestos, emulaciones, alusiones escondidas,
y sin encuentrar la palabra nunca.
O ¿será que no existe?
Y sin embargo se lo digo al mundo
porque no puede ser de otra manera
porque he nacido para eso,
y es lo poco que puedo dar ante la noche.
Pero, no me hagas mucho caso.
No me creas todo.
Los poetas mienten por oficio.
Mentira es que deseo tu muerte,
que persigo los deseos perdidos,
que no pretendo nada;
mentira, que me estoy vaciando por dentro
nunca he estado más lleno de mí mismo.
Y he comprendido pequeñas verdades
a pesar de las mentiras,
y ha sido como capturar luciérnagas
con las manos hechas hueco.
Créeme una cosa,
sin embargo:
nada me importa lo que digan,
pues, yo no persigo la Verdad, sino la Belleza.
que he callado otras tantas,
que te he dicho lo que no he debido,
hoy me calcino con una piedra el pecho.
He dicho lo que ya no necesita repetirse:
Palimsestos, emulaciones, alusiones escondidas,
y sin encuentrar la palabra nunca.
O ¿será que no existe?
Y sin embargo se lo digo al mundo
porque no puede ser de otra manera
porque he nacido para eso,
y es lo poco que puedo dar ante la noche.
Pero, no me hagas mucho caso.
No me creas todo.
Los poetas mienten por oficio.
Mentira es que deseo tu muerte,
que persigo los deseos perdidos,
que no pretendo nada;
mentira, que me estoy vaciando por dentro
nunca he estado más lleno de mí mismo.
Y he comprendido pequeñas verdades
a pesar de las mentiras,
y ha sido como capturar luciérnagas
con las manos hechas hueco.
Créeme una cosa,
sin embargo:
nada me importa lo que digan,
pues, yo no persigo la Verdad, sino la Belleza.
jueves, 16 de julio de 2009
Querida, Karla:
Hoy, mientras comíamos me dijiste:
“leí tus poemas”.
“Uno debe advertir al otro lo que sabe” dijiste.
Luego me hablaste de un libro recién leído,
¿te acuerdas?
Me hablaste de él y de sus hechos
como quien cuenta de un amante o de un maestro.
“Te enseña la vida”, me dijiste.
“Siempre se hace tarde para las cosas buenas”
“Te advierte que el amor, Afhit,
es irse,
pero no debemos dejar que nos arrastre”.
Yo no podía decirte nada.
En ese momento no era nadie.
No tengo derecho a debatir.
Yo fui el que se equivocó siempre.
Siempre ciego.
No sé qué hacer en medio de la noche constelada.
No tengo paradero. No sé quién soy.
No puedes sin embargo, negarme,
Karla mía,
que tú igual que yo
has sentido una libélula de oro
comerte el alma con desesperación terrible
como la muerte o como un trueno.
Ese gusano que te devora,
cuando sabes que no sabrás nunca
en qué mesa comerá aquél
o con quién.
Quién se acercará a ti después de él,
y por qué razón.
Por qué razón te amarán otros.
No saber dónde parará su carrera loca,
cuándo se tenderá para mirar la noche
o dónde caerá su lágrima cuando su madre muera.
Y enloquecer tú también
porque no lo sabrás nunca.
Nunca sentirás el fluyo de su sangre
ni le rozarás un poco el hombro.
Porque no volverás a prepararle café,
no lo despertarás si se hace tarde,
no envejecerán juntos,
ni lo verás morir.
miércoles, 15 de julio de 2009
Ayer te volví a ver después de tantos días.
Partías el aire con un suspiro
y traías sobre tu piel
todo el sol de esas tierras que no conozco.
Leías un libro que yo te presté
y que amé como a una hermana.
Me diste los buenos días con una indiferencia innecesaria.
Descubrí, para mi asombro,
que todavía hay en mí una espina
olvida sobre la estera en que me tiendo.
¿Amor,
leerás alguna vez Dafnis y Cloe?
¿Querelle?
¿Madame Bovary, siquiera?
No te diste cuenta, pero ambos leíamos.
Tú en el libro y yo en tus labios.
Adivinaba la página,
repetía los diálogos,
quería saberlo todo.
Todo, Amor,
lo que el libro te decía.
Tu pensamiento virgen...
No cabe duda,
el amor y la belleza
son siempre misterios que perturban.
Partías el aire con un suspiro
y traías sobre tu piel
todo el sol de esas tierras que no conozco.
Leías un libro que yo te presté
y que amé como a una hermana.
Me diste los buenos días con una indiferencia innecesaria.
Descubrí, para mi asombro,
que todavía hay en mí una espina
olvida sobre la estera en que me tiendo.
¿Amor,
leerás alguna vez Dafnis y Cloe?
¿Querelle?
¿Madame Bovary, siquiera?
No te diste cuenta, pero ambos leíamos.
Tú en el libro y yo en tus labios.
Adivinaba la página,
repetía los diálogos,
quería saberlo todo.
Todo, Amor,
lo que el libro te decía.
Tu pensamiento virgen...
No cabe duda,
el amor y la belleza
son siempre misterios que perturban.
martes, 14 de julio de 2009
A veces he deseado
que un huracán de fuego
recorra el mundo en una noche.
No despertar a esta bruma movediza,
este pantano donde ahogar palomas.
Mira.
La felicidad es una chispa.
Nada me ata a ti.
Pero te busco y te llamo entre los cardos:
volver a ti, a tu llama helada.
Tu canto agreste, tu calcinada herida.
Es como amarrarse al mástil más macizo
deseando que zozobre el barco,
haciendo del mar apaciguado una tumba o un légamo sinuoso.
A veces le rezo a Dios como si estuviera enloquecido
o a punto de morirme.
Otras veces he deseado tu muerte,
o por lo menos,
oh, concesión divina,
que ames a alguien más con la misma fuerza de mi amor caído.
que un huracán de fuego
recorra el mundo en una noche.
No despertar a esta bruma movediza,
este pantano donde ahogar palomas.
Mira.
La felicidad es una chispa.
Nada me ata a ti.
Pero te busco y te llamo entre los cardos:
volver a ti, a tu llama helada.
Tu canto agreste, tu calcinada herida.
Es como amarrarse al mástil más macizo
deseando que zozobre el barco,
haciendo del mar apaciguado una tumba o un légamo sinuoso.
A veces le rezo a Dios como si estuviera enloquecido
o a punto de morirme.
Otras veces he deseado tu muerte,
o por lo menos,
oh, concesión divina,
que ames a alguien más con la misma fuerza de mi amor caído.
jueves, 28 de mayo de 2009
Carta a mis amigos.

Vuelvo a tomar la pluma después de muchos meses. ¿Ocho, nueve? Dios, han parecido siglos. El letargo de la palabra es un sueño del que cuesta despertar. Tal vez he creído en el aislamiento como en una isla: un barco cargado de violetas, como dice Homero, pero esta carta se la debo a ustedes. Porque así es la vida, una marisma de cosas, un vuelo de esos pájaros que parecen que no van a ningún lado, esas marejadas de pájaros, ¿las han visto?, que van y vienen, como una mancha en el cielo, y nunca chocan uno contra el otro.
He tenido epifanías. Todas ligeras como mariposas. He vivido ríos de pasiones que me inundaron. Las sombras, los silencios, las penas. He cargado flores y no ha habido nadie ahí para recibirlas. Pero ustedes han recogido su aroma antes que su muerte. Los he visto sufrir por sus propias penas y me ha dolido ver que no hay nada que yo pudiera hacer, más que estar allí, presente.
Gracias entonces, gracias. Yo sólo puedo perseguir una sombra vana. Una sola sombra simple que nos cobija en su ternura: la belleza. Cernuda, en su sabiduría de poeta, que casi nadie comprendió nunca, no hablaba con nadie, no creía en nada. Pero amó la misma sombra que yo, y en ella se tendió un día para no levantarse nunca. Él, con su pudor de niño, la llamaba “la hermosura”, ¿ven que bello?, la her-mo-su-ra. ¿Recuerdan Ocnos? Su último libro publicado. Sólo busca eso: capturar los instantes donde la belleza se le presentó, para luego irse, dejándolo como huérfano en medio de la guerra. “Algunos creyeron que la hermosura, por serlo, es eterna […] y aun cuando no lo sea, tal en una corriente el remanso nutrido por idéntica agua fugitiva, ella y su contemplación son lo único que parece arrancarnos del tiempo durante un instante desmesurado”, dice.
Por eso también le llama igual a Ocnos, quien fuera ese bello ser que trenza el pasto que luego le dará a su burro. ¿Puede darle el pasto así, sin trenzar? Sí, sí puede, pero… ¿qué caso tendría?, ¿qué haría entonces el pobre Ocnos? No sirve de nada, pero es bello; eso es todo. Piénselo, sin las hermosas trenzas largas de heno (todo el trabajo de una noche), su vida no guardaría ningún sentido.
Y yo creo que hay mucha belleza en creer en ustedes. En enojarnos por momentos, en volver siempre a ustedes. Hay mucha belleza en el sacrificio y la renuncia, en la muerte, en saber que uno no será ya nunca el mismo después de haber conocido tan de cerca el centro de sí.
El mundo cada vez está más lleno de gente incapaz de percibir la belleza. La verdadera, no aquello que los burgueses confunde con lo bello: ese entramado personal donde las virtudes de su clase, creen ellos, son las que debiéramos seguir todos. Y es por eso que también viven confundidos. Creen que lo que visualmente se ve bonito, o tiene un carácter más o menos parecido a sus ridículas virtudes, es bello. Y no es así. La verdadera belleza no tiene nada que ver con las virtudes. A veces sí, a veces no. Una muerte o una maldad inmunda pueden albergar en su seno la belleza más profunda y pura.
Un dolor tan profundo como los ojos de la muerte. Un sacrificio que no sirve para nada, que no propició a ningún dios, fueron para mí la más excepcional de las hermosuras que yo haya percibido jamás. Nada lo evita. Este mundo está tan lleno de belleza que a veces creo que no voy a soportarlo.
Y sin duda es como recoger flores después de un funeral. Cuando era niño, leí un cuento donde un joven es sometido a pruebas imposibles. Y en una de ellas, prefiere salvar la vida de una abeja que ganarse dos monedas de oro. Esto fue maravilloso, porque fue la abeja salvada la que lo ayuda a superar la última de las pruebas. Esta era descubrir, en un cuarto con cien hermosas princesas muertas, cuál de ellas había bebido miel antes de morir. La abeja se posó en los labios de cada una de ellas como ante la puerta de la muerte y luego fue a decirle el secreto de aquel dulce instante en el oído. Ese pasaje me fascinaba. En mi imaginación, yo era el joven, a veces la abeja, pero a veces, (oh, iluso de mí) creía ser el rey que había matado a sus cien hijas sólo para crear un momento de absoluta hermosura. Ahora descubro que no soy más que un obrero… si acaso una de esas princesas muertas y ni siquiera la principal. Comí cebolla o sal, y no miel, antes de morirme.
Pero también descubrí que esa era la naturaleza del hombre. Percibir la belleza sin poder capturarla un momento. Y eso también a mí me duelo mucho. Quizá por eso también, no acabo de poder lapidar esto que me inunda, porque la sola idea de morir, de dejar la sangre en cualquier calle que pisara, despertar compasión, asco y ternura, para que todo eso no sirva absolutamente de nada, eso, precisamente eso es muy triste, pero también muy bello. Ese es mi destino: el sacrificio, y con ello pagar la cuota de belleza que le debo al mundo.
Espero que después de todo esto y muchas otras cosas más que nos falten por vivir, después de leer esta carta, todavía puedan ver en mí, o en lo que soy ahora, aquél ser que quisieron algún día.
Afhit Hernández.
Y yo creo que hay mucha belleza en creer en ustedes. En enojarnos por momentos, en volver siempre a ustedes. Hay mucha belleza en el sacrificio y la renuncia, en la muerte, en saber que uno no será ya nunca el mismo después de haber conocido tan de cerca el centro de sí.
El mundo cada vez está más lleno de gente incapaz de percibir la belleza. La verdadera, no aquello que los burgueses confunde con lo bello: ese entramado personal donde las virtudes de su clase, creen ellos, son las que debiéramos seguir todos. Y es por eso que también viven confundidos. Creen que lo que visualmente se ve bonito, o tiene un carácter más o menos parecido a sus ridículas virtudes, es bello. Y no es así. La verdadera belleza no tiene nada que ver con las virtudes. A veces sí, a veces no. Una muerte o una maldad inmunda pueden albergar en su seno la belleza más profunda y pura.
Un dolor tan profundo como los ojos de la muerte. Un sacrificio que no sirve para nada, que no propició a ningún dios, fueron para mí la más excepcional de las hermosuras que yo haya percibido jamás. Nada lo evita. Este mundo está tan lleno de belleza que a veces creo que no voy a soportarlo.
Y sin duda es como recoger flores después de un funeral. Cuando era niño, leí un cuento donde un joven es sometido a pruebas imposibles. Y en una de ellas, prefiere salvar la vida de una abeja que ganarse dos monedas de oro. Esto fue maravilloso, porque fue la abeja salvada la que lo ayuda a superar la última de las pruebas. Esta era descubrir, en un cuarto con cien hermosas princesas muertas, cuál de ellas había bebido miel antes de morir. La abeja se posó en los labios de cada una de ellas como ante la puerta de la muerte y luego fue a decirle el secreto de aquel dulce instante en el oído. Ese pasaje me fascinaba. En mi imaginación, yo era el joven, a veces la abeja, pero a veces, (oh, iluso de mí) creía ser el rey que había matado a sus cien hijas sólo para crear un momento de absoluta hermosura. Ahora descubro que no soy más que un obrero… si acaso una de esas princesas muertas y ni siquiera la principal. Comí cebolla o sal, y no miel, antes de morirme.
Pero también descubrí que esa era la naturaleza del hombre. Percibir la belleza sin poder capturarla un momento. Y eso también a mí me duelo mucho. Quizá por eso también, no acabo de poder lapidar esto que me inunda, porque la sola idea de morir, de dejar la sangre en cualquier calle que pisara, despertar compasión, asco y ternura, para que todo eso no sirva absolutamente de nada, eso, precisamente eso es muy triste, pero también muy bello. Ese es mi destino: el sacrificio, y con ello pagar la cuota de belleza que le debo al mundo.
Espero que después de todo esto y muchas otras cosas más que nos falten por vivir, después de leer esta carta, todavía puedan ver en mí, o en lo que soy ahora, aquél ser que quisieron algún día.
Afhit Hernández.
jueves, 19 de febrero de 2009
Y vuelvo otra vez a Ofelia

Y vuelvo otra vez a Ofelia,
porque esa es la suerte a la que nos encadenan los encuentros.
Porque nada nos ataba a este mundo seco,
nada nos ataba el uno al otro,
y aún así permanecimos juntos.
En la televisión iridiscente
pasan hoy una película de tantas que le gustan.
Esa donde un par de drogadictos oyen a Janis Joplin
mientras viajan a las Vegas en un convertible blanco.
Maybe
Whoa if I could pray, and I try dear
You might come back home - home to me.
Por qué pensar en ti, justo ahora.
Sí, siempre vuelvo a Ofelia,
a recordarle que mi espalda está allí para su abrazo.
Jim Morrison nos canta sordo.
Escucha.
Esa escena donde uno de los drogadictos
se tiende en una tina macilenta,
oyendo a Jefferson Airplaine.
Mira.
Le pide al otro que le asista en su muerte.
Quiere morir justo cuando la última nota de esa canción se extinga.
El radiotransmisor dentro de la tina.
Y sufro una epifanía tiernísima.
Todas esas canciones,
esos difuntos que nos cantas desde aparatos entibiados,
todos los tangos del mundo,
el alcohol y el rock antiguo
todo eso es aquello que nos une.
Oímos esas canciones
porque los dos,
tú y yo,
igual que los parias de la película,
buscamos la canción exacta con la cual morirnos.
porque esa es la suerte a la que nos encadenan los encuentros.
Porque nada nos ataba a este mundo seco,
nada nos ataba el uno al otro,
y aún así permanecimos juntos.
En la televisión iridiscente
pasan hoy una película de tantas que le gustan.
Esa donde un par de drogadictos oyen a Janis Joplin
mientras viajan a las Vegas en un convertible blanco.
Maybe
Whoa if I could pray, and I try dear
You might come back home - home to me.
Por qué pensar en ti, justo ahora.
Sí, siempre vuelvo a Ofelia,
a recordarle que mi espalda está allí para su abrazo.
Jim Morrison nos canta sordo.
Escucha.
Esa escena donde uno de los drogadictos
se tiende en una tina macilenta,
oyendo a Jefferson Airplaine.
Mira.
Le pide al otro que le asista en su muerte.
Quiere morir justo cuando la última nota de esa canción se extinga.
El radiotransmisor dentro de la tina.
Y sufro una epifanía tiernísima.
Todas esas canciones,
esos difuntos que nos cantas desde aparatos entibiados,
todos los tangos del mundo,
el alcohol y el rock antiguo
todo eso es aquello que nos une.
Oímos esas canciones
porque los dos,
tú y yo,
igual que los parias de la película,
buscamos la canción exacta con la cual morirnos.
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