sábado, 31 de enero de 2009

Poema. Los amantes finales. I


No quisiera irme.
Detenerme aquí, hasta perder el horizonte de mis viajes.

Dedicarme como sacerdote a tu adoración
y encender cada tarde tu centenar de velas;
llenarte los hombros y los muslos de oro.

Jamás partir de ningún lado, nunca irme…
Y sin embargo, como tordo de la ventana,
¿de mí, qué se aleja?
Porque después de ti, ¿qué me aguarda?
¿Debajo de esta escalera, detrás de la puerta,
donde camina la mujer con el niño en brazos
y regresa el obrero cargando una sombra sobre la espalda?

Allá parece que todo se queda,
allá donde el gato se acicala y se enerva
y las mujeres encanecidas, encerradas en sus rebozos de encaje,
se adormecen o musitan;
compran ramilletes de hierbas olorosas.
O vienen desde lejos,
de puertos sureños donde las besó el amor cuando eran jóvenes.

Todavía arrastran la ese
cuando hablan de aquéllos,
y en sueños, todavía los desean.

Tú me miras mirando tanta vida,
triste como un desfiladero.
Y sé que para ti el mañana es un desfiladero,
una playa con huellas que se harán sin nosotros.

No quisiera irme.

Abandonar tu sangre
en hervidero tierno, tenebroso.
Quisiera recostar mi peso sobre tu pecho
y oír la roca que se creía perdida.

Pero estás tú sin el mundo
y no es mundo sino su fantasma.

jueves, 8 de enero de 2009

Días animales. Presentación del libro de Denisse Buendía.


Esta es una presentación que escribimos a dos manos el maestrazo Félix Vergara y su servidor. Denisse es buena poeta, merece alguna lectura.


Días animales, de Denisse Buendía

FÉLIX VERGARA. Hubo una vez un rojo paraíso donde nada era cierto y el deseo se dejaba sujetar por hombres y mujeres incrédulos, aquellos que sepultaron rezos esperando que las piedras florecieran en forma de cangrejos que soñaban con escaleras. La luna era como el sol, una boca anhelante, sin memoria, que germinaba cuando sus anillos reverberaban entre velos opacos, ¿qué viene después de la fábula...?
Ocurrió que los espacios se volvieron grises y para existir fue preciso adelantarse, escurrirse como esqueleto que se desvanece frente al cielo que lo quema. Las sílabas fueron constelaciones, nada estaba dicho, nada era cierto y sin embargo la posesión del mito violentó la boca y sacudió las manos, hasta que cayeron los deseos como animales ciegos que buscaban destruir el azar, y hubo que cantar mientras la casa se derrumbaba, fue imprescindible dejar un testimonio, no conformarse con dibujar escaleras que no llevan a ninguna parte…
Alguien me arrojó del paraíso, […] Huelo un ejército de cucarachas ,/ carcomiéndome el deseo, […] Me asusta / que mis letras exploten / cuando el silencio gire la llave y encienda la luz. / El vacío es la escritura, escuchar la escritura conduce al abismo, y la invención, inspiración, instigación, dimensión del obstáculo, hoguera partida, paraíso de nuevo, otra vez los espacios grises y rojos que taladran el color de su letra proclaman: Escribo como castigo, / reconociendo la adicción a mutilarme. […] Exploto, / me rompo, / aprieto el gatillo…/
La escritura constituye la evocación, la apuesta por el recuerdo se adhiere a la boca y la escritura a la página. Una mujer que quiere ser escritura lo confirma: Esta mujer de memoria despoblada/ sin tinta,/ sin serpientes ni escaleras,/ desterrada del aire. Y advierte: Soy de las que matan,/ y lo olvidan, […] Y acostumbro amar,/ sólo,/ en defensa propia./ Sin embargo, la escritura cobra vida siendo una y múltiples pérdidas donde la pasión deletrea el objeto al que aspira: Para llorarme,/ es necesario olvidar mi voz todas las noches,/ sin tocar el nombre de aquellos que mueren/ por la boca./ ¿Qué hay después de la fábula?

AFHIT HERNÁNDEZ. ¿Y qué hay antes? Sólo días animales. Un mar de soledad donde sólo existe ella. Como Eva, como Litith, bellísima, entregándose a todos los demonios que se encuentran esperando en las afueras del paraíso terrenal.
Todo amor es una expulsión. Todo deseo es la expulsión del paraíso. Y no nos queda más que preguntarnos ¿por qué? ¿Desde dónde proviene este arrebato? ¿Qué gritan los amantes que se ahogan en el centro de nuestro corazón? Señor, ¿qué fuego los consume? ¿Quién soy yo?
Soy yo, / sin vos, / con el corazón atorado, / en un cementerio marino, / de lunas rotas/ Yo soy / sin voz / un escarabajo amarillo / sudando delirio. / Con un olvido de lirios/ acompañándome.
Soy yo, Denisse, también perdiendo la forma en el lenguaje. Viendo derrumbarse mi casa en una nube de silencio. Somos nosotros, Denisse, igual que tú, hombres débiles amamantándonos de muerte. Con un fruto distinto entre las piernas, pero con el mismo fuego recorriendo entre los dendros de las venas. Igual que tú, desnudos.
¿De qué sirve encontrarnos? Pues ese es un saber oscuro. Te atreviste, mujer, a buscarte. Y te enfrentaste a ese espejo negro.
Comenzó a tejer su nombre en una noche cero / maniática y rota comenzó a deletrearse, / a hornear pan para demonios, / a bordarle pasos a los duendes, / y hacer rituales de sal para las brujas. / Una mujer capaz de contener el llanto, / de caminar descalza, / de quemarse la boca, / de arrastrarse como un animal que pide un abrazo fuerte./
Puede irse desnuda a donde nadie ha ido… /
Y ¿quiénes somos en realidad? Maestro, conteste, ¿somos acaso aquellos que ya no somos?
Denisse se encuentra y se desencuentra, se olvida y se transforma en sí misma. Es bruja y es hada. Y sobre todas las cosas, es palabra. Es palabra antes siquiera de ser palabra misma. No hay en su poesía un entramado teórico que justifique la caída. Ni nihilismo, ni racionalismo ni psicoanálisis ni Gestal. ¿Qué importancia tiene todo eso?
Por eso es palabra antes que la palabra. Ese momento donde lo que importa es eso mismo y no otra cosa. Es ese momento mítico en que el tiempo se vuelve transcurrido y nos enfrentamos a esos seres que ya no somos y que seguimos siendo. Es pues el tiempo natural, los días animales.
Sé por la vida,
Que en la lengua de la muerte
Nacen los besos del mundo
Y que de memoria también se llora, cuando los sueños se fracturan.

Yo sé que en cada dedo habita un corazón despostillado
Y que cada mañana me parezco más a los acentos de mi nombre.
Y sé, porque así lo he decidido,
Que soy la extensión de la nostalgia.
Por eso escribo.

Y por eso escribo yo también, Denisse. Por eso también hay tanto fuego que todo lo quema en la palabra. Por eso hay tanto ardor y deseo, porque eso somos, Señor, y eso y todas las cosas: días animales que se enredan en nuestra carne y se vuelven carne o hueso.
O Acaso ¿no es lo mismo Adán que manco?
¿Ceguera que Eva?
¿Olvido que silencio?

Acaso ¿el amor, no se nos rompe en la boca?
Acaso ¿no es el asombro un balcón deshabitado?
¿Y llorar?, ¿no es tener entre las manos la cabeza de Dios?

Sí, Denisse, es todo eso. Y ¿qué es la vida si no un átomo? ¿Qué es la muerte si no un pájaro entre nuestra sangre?, La pregunta lapida y nos envuelve. Y otra vez renace la palabra.
La felicidad es siempre un momento que se ha ido. Pero para eso tenemos la poesía. Creemos falsamente que algo nos devuelve; que de algo nos salva. Creo que hay esa convicción entre tus versos. Pero siempre está esa otra sombra que todo lo cubre. Esa verdad que es tan terrible que queremos que sea pasajera y es eterna: Nada es para siempre y la poesía no nos salva de nada.

FÉLIX VERGARA. Cualquier cosa que hayamos sido, cualquier cosa que seamos tendrá que sobrevenir de manera implacable. Quizá seamos, escribe Denisse, como esos “que mueren por la boca”; con toda seguridad, esta ambición de saciar ciertos inconvenientes como la inconformidad, la amargura, el remordimiento o todo lo que tiene rasgos de “desventurado” no se explica por sí misma y hay que buscar los modos de expresarla.
Somos implacablemente lo que ya no somos, aquellos que, como dices, se ahogan en el centro sin saber de dónde viene el arrebato.
Cada minuto, te encuentras batallando con la angustia y el deseo se trepa por tus ojos, los ocupa como si fuera un parásito carcomido por el ansia: deseo, angustia, ansia, así, en conjunto, como si se tratara de una conspiración. Cada día que transcurre es, por tanto, una conspiración contra la que estás desarmado; por este motivo, el refugio más reconfortable y simultáneamente el más despiadado es el de la fantasía. Debajo de la cama hay duendes, brujas y cabezas degolladas que piden compasión; hablas de tus pesadillas con goce, sabes que es momento de soltar a todas esas bestias, que ellas saben hacia dónde dirigirse.
Hay arañas y bufones debajo de mi cama / y el alma parece animal herido, / arrepentido…/ La fábula concede amparo a la pesadilla: Me dije: para estrangularte… / Te dije: hay que tener dedos de hada. / Voy a contarte una historia en primera persona y dormida. / […] Amé a esa mujer eterna desde el cielo hasta el olvido, / amé sus pesadillas y aprendí a cazar las brujas / que dormían bajo su cama. /
Antes de la fábula, en los días animales que Denisse apresa con la intención de también poder conspirar, en el fondo del espejo negro que ha enfrentado, parece haber una conciliación entre la pesadilla y la fantasía. Quizá por ello, en su poesía hay un aliento mítico reforzado por un aliento místico. Sí, es un saber oscuro el encontrarse. O acaso, un encuentro que quisiéramos precisar. Me parece que el plano de su búsqueda se tiende sobre estos horizontes, aunque el infierno, ese significante que ella también hace íntimo, rodea la atmósfera del edén con significados de carácter casi onírico: Yo ya conocía a los monstruos que lloran/ por no tener espalda, / mas no sabía que el infierno se llamaba mío.
En otro lado, el amor erótico se revela a través de significantes y tonos vinculados con la tradición cristiana: Santo patrón de mi vientre, / santo eclipse de todos mis días. / No obstante, el acento erótico en muchas imágenes funciona al margen de esta premisa. Enroscada en tu sexo, / me vuelvo de sal, / como la bruja que olvidó su escoba. /
Pero ese amor que es un infierno, el edén posible gracias a la fantasía, cobra forma en la pesadilla de lo real que, no hay otra alternativa, es libremente asumido: Algo me quema desde el infierno ventral,/ hasta el vientre infierno,/ y me llevan las cenizas a un puerto sin voz,/ a aullarme en otra pena./ Me volví loca con mi consentimiento, / y fui dejando las heridas, / en un mar que no me pertenece… /
A veces, en esta relación entre lo erótico y lo divino, este último no encuentra forma, y si la encuentra, trae consigo el olvido: Hay esqueletos de agua / junto al Dios del frío, / besos moribundos en la palma de un olvido. A veces, en esta relación entre el amor y su maligna consumación, el mar de soledad, el espejo y el silencio, es el tiempo quien azota el rostro en sus días animales: Mudos triángulos silabean el agua, / y la culpa de Eva en mis animales solos. […]Yo nací en días animales,/ aprendí a dormir silencios… […] Días… / Donde la línea del olvido/ suele morderle la memoria al diablo./
El pasmo frente al tiempo se simboliza en la mirada que el tiempo amenaza con destruir, la angustia intima con la nostalgia. Existe una hora acurrucada en mis ojos, / temblando de tiempo, / cuando descubre que todos los relojes la rechazan, / la golpean, / le gritan cosas espantosas. […] Hay un tiempo en mi tiempo, / donde mis ojos me abandonan. / Es para volverme noche, que me desnudo. /
Y la mujer escritura se desnuda para el carnaval de la ignominia, la bruja que cicatriza en su boca las caricias del amor… Hubo una vez un infierno donde todo había sido dicho y el tiempo, como un sueño sin cuartel, mantuvo los ojos abiertos y nos dio la espalda. Nada es para siempre y la poesía no nos salva de nada.

lunes, 5 de enero de 2009

Felicitación navideña y de año nuevo.


No puedo evitarlo. Les deseo feliz navidad y año nuevo a todos. Mandé una ridícula felicitación por mail y no esperaba la respuesta de ello, pero muchos, muchos me contestaron de manera personal y me llenó el corazón de gozo. Incluyendo una carta de una gran poeta mexicana. Verla, abrirla, leerla. Sentir cómo se llena el pecho de una tibieza extraña.

No puedo hacer que sientan lo mismo, pero puedo intentarlo.

Los quiero. Neta...

Afhit.

jueves, 1 de enero de 2009

Poema de Rosana Acquaroni




CUANDO TODO SE MECE...
Es horrible ser dos inútilmente.
Antonio Gamoneda

Cuando todo se mece sobre el párpado abierto de la noche
y se oyen las pisadas de los últimos porteadores de sueños que se alejan,
cuando la luz ya es término arterial
que la memoria traza desde dentro
y oímos germinar sin acritud
del talar de la sangre
bajo el peso de un labio,
ella se enciende sola.
Mi lámpara rebelde
arde como áspera piel de las sirenas,
disemina palabras
que son naipes sin luz
sobre la hierba.
Las bautiza
las hunde
en las diademas de la noche.
Es horrible ser dos inútilmente
y por eso la dejo gozar de mi tristeza,
nadar contracorriente
en la crecida de otra voz que no alumbra la ceguera
y se enciende
tal vez
más allá de nosotros.

De "Lámparas de arena" 2000

lunes, 15 de diciembre de 2008

Caos y narración: El lenguaje como competencia académica..




Esta es una ponencia que dicté en el Tec, la subo porque maestros muy queridos me lo han pedido, ojalá sirva de algo. Un abrazo a todos.

Esta ponencia dicta sobre el lenguaje como una competencia profesional: Comunicación Oral y Escrita. Busca indagar en los planteamientos ontológicos que determinan al lenguaje para mirarlo con esa perspectiva en la realidad académica. Además pretende incidir en la ética de la visión que se le da al lenguaje en el aula en el siglo XXI y cómo enfrentamos ese riesgo actualmente. Pretende, a su vez, y esto como finalidad primera, despertar una conciencia en el oyente sobre la importancia ontológica del lenguaje y su poder de concreción real y cotidiana.
Sin embargo evita repetir conceptos ya sobregirados, remirados. No me queda la menor de las dudas de que todos los presentes tienen muy claro lo que significa el lenguaje para su quehacer de profesores y profesionales. Todos aquí tenemos muy en claro que una de las herramientas primeras que el docente cuenta para impartir conocimiento es la palabra. En este sentido, el profesor habla. El alumno, escucha. Es de vital importancia que el profesor domine esta competencia en la medida en que las necesidades de su materia les exijan. Pero esto va más allá en dominar una serie de terminología propia de la materia: kinesiología, hermenéutica, monocotiledóneo, axioma, esternocleidomastoideo, elipsis, proposopeya, metagoje, etc. Va más allá. Cada clase es una narración, un discurso. Las materias mismas que impartimos son una narración articulada de la que sólo brindamos al alumno algunos fragmentos; a dichos fragmentos les otorgamos sentido también con el lenguaje, porque sencillamente, la narración completa de nuestra materia no la conocemos. Pero la intuimos.
Al propósito de esto, Freiner dice lo siguiente:
Cuando más analizamos las relaciones educador – educando dominantes en la escuela actual en cualquiera de sus niveles (o fuera de ella) más nos convencemos de que estas relaciones presentan un carácter especial y delimitante –el de ser relaciones de naturaleza fundamentalmente narrativa, discursiva, disertadora. La narración de contenidos que, por ello mismo, tienden a petrificarse o a transformarse en algo inerme, sean estos valores o dimensiones empíricas de la realidad. Narración y disertación que implica un sujeto –el que narra- y objetos pacientes –los alumnos.

Cada conocimiento que pretendemos brindar primero que otra cosa es narración, es discurso, es lenguaje. Si no fuera así, no tendría sentido. Esa es una de las ideas importantes de este ensayo: debemos tomar conciencia de que el mundo es lenguaje. Esto mismo que hoy ofrezco, esta disertación y lo que venga después de ella, no es más que eso: lenguaje. Pero no hay error en decir que ese lenguaje articula nuestra realidad, la ordena en símbolos y concreciones: El poeta francés Baudelaire dijo alguna vez: “El mundo es un bosque de símbolos. Pobre de aquel que no sepa leerlos”.
Esa es la idea; no se trata entonces de decir aquí nada nuevo, ¿qué pudiera decir yo, maestros, que no conozcan ya? Se trata de reafirmar algo que a veces se difumina. Porque el lenguaje es una competencia, sí, pero no sólo profesional sino para la vida misma. Aquel que sepa desentrañar las aristas del lenguaje no sólo estará poseyendo una herramienta para ser competitivo internacionalmente, sino que estará construyendo literalmente su propio mundo. Los creacionistas nos lo enseñaron: Vicente Huidobro decía: “el poeta es un pequeño dios” pues crea con la palabra. Y como profesores nuestro deber es ese, crear, construir, acrecentar.
Con cada palabra que sale de nuestra boca cuando enseñamos, construimos o ayudamos al alumno a construir su mundo y su realidad. Son famosos los ejemplos de los esquimales que, donde nosotros solo vemos blanco, ellos distinguen casi 30 tipos de blancos, pues tienen 30 nombres para nombrarlos. En la Ilíada, Afrodita baja al fragor de una batalla vestida de armadura y lucha hombro con hombro con los guerreros, pero como seguro recuerdan, Afrodita debe bajar a la tierra desde el Olimpo no ha luchar, sino a hacer el amor, porque esa es su función. Para eso nació ella, para hacer el amor y no la guerra; por eso en plena batalla, pierde el control de las armas y es herida en un seno por un hermoso mortal, y a la divina, a la alta, a la rodeada de palomas, le sale del pecho herido un líquido llamado Ikor. Y ¿qué es el Ikor?, ¿existía el Ikor en su mundo antes de que yo se los mencionara?, ¿he acrecentado un poco siquiera su mundo, al nombrar la hermosa sustancia que corre por las venas de los dioses, donde nosotros sólo tenemos sangre? Yo creo que un poco, sí.
Vamos a adentrarnos en posturas más filosóficas. “El límite de nuestro mundo es el límite de nuestro lenguaje” dijo el filósofo alemán Wittgestein. Invito a las personas aquí presentes a que piensen en algo que no exista. Que no exista ni siquiera de manera no concreta. No se vale pensar en unicornios por ejemplo, pues existen en la imaginación, aunque carezcan de materia. Si no me creen, reflexionen un poco en los sentimientos por ejemplo, el amor o la muerte no tiene materia alguna y sin embargo ¿alguno de los presentes duda que existen?
Y volviendo a la pregunta, ¿encontraron algo que no exista? Nómbrenmelo. Es imposible pues en el momento en que la nombro, eso que es improbable, inexistente, increado, se vuelve probable, existente y creado; ergo, todo lo que existe tiene nombre o forma; ergo, todo lo existente es lenguaje.
En este sentido, se ha dicho ya mucho que el pensamiento es lenguaje. Se ha demostrado por tendencias modernas de la neurología que el pensamiento va más allá de eso. Es lenguaje, sí, pero es otra cosa más que no podemos ni siquiera imaginar. Pero lo importante aquí es lo primero. Pensamos en palabras, por lo tanto, la propiedad en el lenguaje, será la propiedad en el pensamiento. Hace poco me preguntaba un alumno que cómo podía darse cuenta él de que la gente era inteligente. No puede darle un examen a cada persona que conoce y decirle: “contéstelo y luego platicamos a ver si me conviene su amistad”. Pero una persona que demuestre propiedad en su lenguaje, dije yo, demostrará propiedad, orden, estructura, belleza, en su pensamiento. Y con esto no quiero decir que todo el tiempo hable con barroquismos y figuras que nadie entiende solo para demostrar su cultura. El hombre culto no es aquel que hable solamente de manera culta, sino que el que sabe moverse entre los distintos niveles del lenguaje, demostrando también que sabe perfectamente adecuarse al nivel que en el que está hablando.
Ya hace un momento mencionaba que nuestras materias son lenguajes, discursos, construcciones de las que no nos queda más que ofrecer fragmentos reducidos a elementos manejables por el hombre. El escritor de Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll, mencionó alguna vez la anécdota de un rey que le encantaba salir al bosque a pasear pero invariablemente siempre se perdía. Así que decidió hacer un mapa del bosque. Así no se perdía y disfrutaba de sus paseos. Pero pronto lo poseyó la ambición y quiso crear un mapa perfecto, más exacto a ese bosque. Y lo logró, pero no era suficiente, algo lo obligaba a señalar cada piedra, cada riachuelo, cada árbol. Su obsesión llegó tan lejos que quiso imitar cada hoja de cada árbol de su amado bosque en su también amado mapa. ¿Saben lo que pasó? Qué se perdió también en el mapa.
El lenguaje nos ayuda a reducir el caos del mundo en un orden manejable. Nos ayuda a que el hombre que disfruta del bosque no se pierda en el bosque mismo, pero no puede entonces el lenguaje capturar el mundo mismo en su totalidad, aunque lo construya, porque entonces, el hombre mismo se perdería en ese bosque del lenguaje. Y sería un ser doblemente perdido. Quizá por eso, Heráclito, esa lumbrera espiritual de la antigüedad griega llamó a la unidad universal Logos, que quiere decir palabra. El ser es el logos. El todo es la palabra. De hecho dijo también: “No a mí, sino habiendo escuchado al logos, es sabio decir junto a él que todo es uno”. Tomando al logos como la gran unidad de la realidad acaso lo real. Heráclito nos pide que escuchemos al logos. No que hagamos uso de él. También la tradición cristiana, tan rica en metáforas, llama a Dios, Verbo. El verbo que se vuelve carne: pues antes existía la palabra.
Pero si ya tenemos claro que el lenguaje es una herramienta vital, ¿todo termina ahí? No. No es sólo, y ni remotamente, una herramienta. Va más allá, debe ir más allá. Si consideramos al lenguaje una herramienta estamos vendiéndonos a la peor de las pasiones: el poder. La palabra es también poder: En un fragmento de Alicia a través del espejo del mismo Lewis Carroll, la niña habla con el conejo, quien le dice: “Niña, pásame la verde libertad bien fundamentada”. Alicia respondió, al ver que éste señalaba la mostaza: “¿te refieres a la mostaza?” El conejo dice: “No, es la verde libertad bien fundamentada”. Alicia, resopla, “está dispuesta a luchar por su palabra. No es la verde libertad bien fundamentada; es la mostaza”. El conejo responde, “si fuera la mostaza y no la verde libertad bien fundamentada, yo no mandaría aquí”.
Y como el conejo mandaba en aquel lugar, era la libertad bien fundamentada. Ustedes profesores detentan el poder más peligroso que cualquier arma, la palabra. Son un poco más poderosos que los alumnos que no la detentan. Pues queremos alumnos callados, que no hablen; antes al contrario, que escuchen.
Detenten bien esta arma. La verdadera libertad provendrá del hecho de cómo se ejerce ese poder de la palabra: Freire decía “Nadie libera a nadie, ni nadie se libera sólo. Los hombres se liberan en comunión.”
De hecho, limitar al lenguaje como una mera herramienta mediática para lograr un fin, sea cual fuere éste, es pragmático e incluso antiético. No debemos entonces creer en ninguna circunstancia que enseñamos al alumno a manejar esta competencia sólo, digamos, para hacerse rico o para convencer de algo en su propia conveniencia. Sino que debemos enseñar el lenguaje como un sistema en sí mismo. Como una forma de pensamiento que es valiosa por el mero hecho de existir y que representa ontológicamente para nosotros un determinante de nuestras propias vidas. Tampoco, creo humildemente debemos promover una asepsia absurda y simplificada del lenguaje. Eso es la muerte. La lengua es de quien la habla y debe hablar cómo quiera que quiera. Profesores, no existen las malas palabras, existen las palabras mal usadas y esto significa decir una buena palabra o una mala palabra donde el contexto no lo necesite. Sin embargo es deber del profesor brindar a los alumnos la gama de posibilidades para que él a partir del conocimiento, escoja cuál decide usar. Pues mientras hable desde la ignorancia no podemos hablar de libertad: el alumno hace uso de lo que tiene.
Yo creo que nos molestan las llamadas ‘malas palabras’ porque nos imponen un caos a nuestro orden. También por eso tenemos quizá algunos de nosotros un afán inquebrantable de andar corrigiendo a diestra y siniestra cuando alguien habla mal. Hubo un tiempo que ha su servido también se le enchinaba la piel cuando alguien decía accesar en lugar de acceder, o coadyuvar en lugar del puro contribuir. Pero, creo también humildemente que ese no es el camino. No se puede andar por la vida corrigiendo a todos. Porque acá entre nos, muchas veces las correcciones ni siquiera eran correctas, como aquellos que piensan que gentes está mal o que no comprenden que la ese final del dijistes o usastes no es más que un rescoldo anacrónico del dijisteis o usasteis. Pero nos molesta porque eso nos mueve el ligero orden que a fuerza de mucha historia y mucho empeño, hemos medianamente impuesto y en el cual nos sentimos más o menos seguros. Hemos, igual que el rey de la anécdota Lewis Carrol, construido un mapa donde no nos perdemos y si nos lo mueven, se nos derrumba. Pero, perdidos, el hombre mismo está perdido en sus propios mundos. Este coloquio es muestra de nuestro noble esfuerzo por hallar asideros donde prendernos y navegar la vida. No se me malinterprete tampoco. Creo que hay que corregir, sí, esa es nuestra función, pero debemos ofrecer al otro las posibilidades desde donde vaya a escoger si quiere o no usar tal o cual palabra. Corregir no es necesariamente imponer. De hecho, imponer es romper con el orden que el otro había construido para sí mismo, y donde él también se sentía tranquilo. Y ya quedó claro, creo, que eso no nos gusta a nadie.
Pongo por ejemplo esta frase: “A quien los dioses destruyen, primero lo enloquecen”. Esta frase en latín se dice: quem deus vult perdere, dementat prius. En griego quizá se oiga más bello: On Jeos Jelei apolesai, prot apojre nai.
“A quien los dioses quieren destruir, primero lo enloquecerán”. No sabemos quién dijo estas palabras. La erudita Ruth Padel (2005) buscó, cual Fausto, algún indicio del autor de estas palabras: No lo halló. Concluye que quizá esta frase provenga de las experiencias que las tragedias dejaron en los griegos en los ingleses del siglo XIX. Pero es una frase que guarda una verdad tan oscura como profunda, tanto, que quisiéramos que fuera muy antigua, más que los hombres mismos.
Y de hecho lo es. Cuando en el cristianismo se le ruega a Dios que “no nos deje caer en tentación” (tentación que en griego es peirasmón, lucha, prueba) estamos expresando un verdadero temor. “Dejarnos caer en tentación es algo que Dios puede hacer. Que Dios ha hecho” (Padel, 25).
Y vuelvo para causar en sus mentes un eco: “a quien los dioses quieren destruir, primero lo enloquecen”. La locura es algo que la modernidad considera como uno de los grandes flagelos que el pensamiento racional debe combatir. Es nuestro deber luchar contra la impiedad, la destrucción, la irracionalidad, en fin, el caos. Pero debemos entender que la locura no es más que una vivencia “que delatan las potencias que rigen nuestras vidas” (Padel, 102). Y ¿qué es la locura?, caos, y ¿qué es el caos? Falta de lenguaje.
En muchas cultura, en sus mitos propiamente, el origen de todas las cosas es el Caos, el gran Kaos griego padre preolímpico de todos los dioses. El caos de la India, del Cristianismo desde donde “el verbo” “la palabra” se hizo carne y le dio orden al mundo. La palabra, es decir, el lenguaje ordena el caos en el que vivimos, otorga sentido a nuestro mundo y nuestra realidad en la que a veces pareciera que todo se confunde. Más ahora, en estos momentos donde tantas veces repetimos la palabra crisis.
Y en este mundo que pretendemos organizar bajo códigos lingüísticos establecidos, cualquier caos, cualquier locura, queremos erradicarla. Y si el orden es lenguaje, advierto lo siguiente que ya nos lo había predicho el surrealismo: la desarticulación del lenguaje es también la desarticulación de la realidad. Allí radica su importancia. El lenguaje sencillamente lo es todo.
Y hablemos ahora de la competencia del lenguaje escrito. ¿Por qué es una competencia que nuestros alumnos deben manejar? Sí, para promover sus ideas, para saber comunicarse con el mundo, etc. Pero otra vez no vengo aquí a repetir lo que ya se dijo. Sino a reafirmar una profundidad que ha veces se nos olvida. La palabra escrita es el invento más importante de la humanidad. Jorge Luis Borges lo dijo: toda la tecnología es una extensión de nuestra fuerza. El hombre es débil, no corre cual chita a 90 km por hora. No vuela como los pájaros, no nada como los peces, no levanta pesos inmensos como los elefantes, por eso inventa automóviles, aviones, submarinos, grúas; porque todo eso no es más que extensión de su fuerza, y todo eso demuestra lo debiluchos que somos. Sin embargo, el libro no es la extensión de ninguna fuerza física; es la extensión de pensamiento mismo, de la inteligencia. Por eso es necesario que los alumnos escriban correctamente. Para que dejen evidencia de lo que son y esto es más poético y espiritual que útil. Pero a veces, nos confundimos en creer que si no sirve para nada, si no le encontraré finalidad práctica, ¿para qué pierdo el tiempo con eso? ¿Para qué leer una novela?, ¿para qué contemplar las flores?, ¿para qué dedicarle un momento a la reflexión?
A manera de conclusión, yo los invito que nos alejemos un poco de las finalidades prácticas para justificar las competencias y veamos más allá. Indaguemos un poco en el espíritu. En nuestro ser como humanidad. ¿No es ese acaso parte de la misión del Tecnológico, volver más al carácter humanístico del mundo? Y eso sólo se logrará tomando parte de una conciencia vital: siempre habrá un más allá. Un momento más profundo donde se refleje el hombre mismo y toda su obra. Donde se vea que la belleza, la razón y la vida se sustenta en sustancia que no comprendemos y mucho menos dominamos, pero que es destino del hombre amarlas y dejar la sangre en ello.
Muchas gracias.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Elegía a Susana Crelis.




Partes incomprensible en tu ternura.

Sobre tu espalda cae el sereno peso del vestido.
Doblas la esquina de la escalera y el vuelco del corazón me confirió la verdad irrefutable.
Aquélla que no se dice con palabras.

Esa mañana no fumamos en la espera.
No nos fumamos aquel cigarro moreno y bruto como un muchacho de la llanura o de la costa.
Estabas ya tan triste y tan serena,
que verte a los ojos era hermoso como decir adiós desde un barco.
“Y así es, che. Qué le vamos hacer”, dijiste.
Yo maldije desde otra boca que no era la mía.
La soledad en que me dejas
es un laberinto en el país de los jazmines.

Y luego tu voz,
desde lo gris del teléfono.
“Sólo quisiera que fuera tan de pronto”, dijiste.
“Sin dolores ni pesadillas”.

Laura me dice que ya no eras tú la de la cama.
tu inteligencia se dormía en un lagar profundo,
como Nietzsche,
como el filósofo perdido en las calles de Turín.

Y la espera.
Y su llegada.
Tan milagroso el día, era un céfiro que todo lo ilumina incontenible.
En un círculo de vacío, cayó el corazón despeñado.

Recuerdo que hacia el tiempo más parcial.
No estoy seguro de quién llamó para avisarme -fatal heraldo de tu muerte-.
Conduje de Tlaquiltenango hasta Cuernavaca con el cuerpo ausente en los espasmos.
Caído el peso en los pedales inconcientes.
Y los árboles, el cielo,
los cierzos floridos que crecen a orillas de la carretera,
tomaron todos tu forma que se expande.

No sé cómo explicarlo, pero vi tu vida disuelta entre la vida.
Comprendí de pronto y para siempre,
cómo somos todos,
Cómo es todo.
Cómo tumba el rayo de la muerte
y señorea sus aposentos llenos de concubinas hermosas.
Comprendí por qué cayó la Hipatia derramada
en las manos de sus violadores cristianos.
Por qué emascularon a Abelardo
tan alejado de Eloísa.
Comprendí cómo se vive en una vida sin vida amalgamada.

Pero, ¿qué es la vida sin la vida?
¿Qué somos nosotros?
Juguetes de los dioses.
Nada frente a la nada indiferente.
El tiempo es un río que todo se lo lleva.
Deslava hasta las piedras más filosas.
Hasta los dioses caen
mueren,
macilentos entre sus alas iridiscentes.

Llegaron los amigos,
las flores blancas cubriendo el féretro impecable.

Y después, tanta noche,
tanta noche para nuestros cuerpos agotados.
Cuando encendieron el horno apreté el brazo de la otra Ofelia.
La otra porque somos otros en orfandad mendicante.
Y si se cierran los ojos por el peso de los párpados,
pudimos ver tu cuerpo envuelto en llamas,
tan puro, tan distante, que nada lo toca.

Que este sea un canto mineral y bello.
Quizá nombrar aquello que amaste.
La poesía,
las letras tendidas como palomas negras en un campo de silencios.
Tantos libros con sus tantas páginas florecidas.
El piano y el amor.

O el cine,
el cine, Susana, el cine.
Esa escena de Visconti donde un anciano persigue a su amor por los puentes decorados
de una Venecia donde flota en el aire una epidemia.
La muerte en Venecia, la muerte.
Tommas Mann enamorado de un adolescente.

Y los adolescentes, Susana, los adolescentes,
Hermosos, dulces,
recargados en columnas.
Pintándose flores y palomas en el cuello.
Después con besos se los borran o los sellan para siempre.
Adolescente que se graban una leyenda en la palma de la mano.
Aquéllos que todavía pelean por una frase
o por una chica de tenis color de fresa.

Verlos perderse entre los árboles del bosque.
Olvidarnos de nuestra edad, sólo instante, y ser ellos,
ser tú perdidos entre la muerte
pues la muerte y la vida son la misma cosa.
Y no hay palabra para tal unidad,
sino el amor.
Y te amamos, aunque seas un lirio envuelto en un légamo desconocido.

Ahora todo es claro.
Este momento es tan bello como recordar tu gesto
que se bifurcaba cuando hablabas de Cioran
o de tus nietecitos rubios.

Ahora todo tiene nombre.

Aprendí de ti a luchar por la belleza aunque ello me valga la sangre.
Aunque los otros griten odio, y haya intolerancia y cerrazón.

Sí, lo sé,
todo sigue su curso,
pero nada es en vano,
mucho menos el amor,
mucho menos la muerte.


Afhit Hernández. Publicado en el diario de Tlaxcala. Diciembre 2007.

martes, 9 de diciembre de 2008


Bacantes es un poemario de Elsa Cross y brindo este par de poemas. Qué puedo yo decir, amo su poesía irremediablemente. Creo que hago un bien al compartirla, pero no sé, "los poetas mienten demasiado..."


VII
Éramos heridas abiertas.
La sensación se trastornaba.
Tu voz inventaba registros en mi oído.
Tus almizcles me embriagaban más que el vino.
Nos hería el placer.
Inagotables, ebrios, nuestros cuerpos, la ofrenda,
como frutas que dejan las mujeres en las playas del sur
y el mar se lleva.
Nos perdíamos del mundo.
dibujábamos barcas en el aire y nos íbamos en ellas.
Toda la noche caían para nosotros dones del cielo,
la lluvia sobre los árboles,
y esas gotas brotando del pecho, ah, nuestro soma-
- ¿dónde terminaban los cuerpos?
¿cuál cuerpo era de quién?
Yo sentía desde tu hombro mi caricia.
Tus pensamientos pasaban por mi mente,
y donde los deseos se juntaban salían del aire aves de fuego.
Yo fluía dentro de ti.
¿Y tú quién eras?
Sólo un banco de abejas,
agua brillando como joyas.
Olas de sensaciones nos turbaban,
nos devolvían a la orilla.
Tanta vista del mar dejar atrás,
tantos bosques,
tanto de tu cuerpo.
Tender un velo en llamas sobre las formas
-- que perdíamos al mirarnos un instante de más,
al debatirse tu muslo, intempestivo.
Así morían los peces en las redes.

XV
Camino por el atrio.
Todo el suelo cubierto de campanas violetas.
El encuentro exaltaba mi corazón.
Dentro del templo los siete arcángeles pintados en los muros.
La tarde de mayo florecía.
Las ofrendas a María se secaban en el arco triunfal.
Miguel espada en mano resguardaba las puertas.
Pero no íbamos al templo.
"Tanto gentile e tanto onesta pare."
Y al volverme la gracia de ¿Rafael? en tu sonrisa.
Caminé entre las tumbas hasta encontrarte bajo las jacarandas.
Las cercas de ladrillo se cubrían con las flores moradas.
Un olor ambiguo.
Abajo de las cercas gritaba el Porquerizo.
Los gruñidos de los cerdos llegaban a nuestra plática.
Y no dará nombre a tus espumas,
Pues los poetas mienten demasiado.
Elsa Cross