jueves, 29 de abril de 2010

TODO EL LIBRO, León alado.

AHORA SÍ, PARA TODOS AQUELLOS QUE LES INTERESE, HELO: EL LIBRO COMPLETO, JEJEJE. Suena súper mamón, pero humildemente espero que por lo menos algún poema les guste.

León alado
Afhit Hernández




“Toda poesía es un lento viaje hacia la luz”
Javier Sicilia








“¿Puede decirse con palabras
lo que es una llama y su divino ardor
a quien no la ve ni la siente?”
Luis Cernuda








“Dijo:
No me llames ahora. Cuando venga,
no podrás soportarme, y desearás
que me vaya y no me iré. Y nada
quedará de ti igual que era.”
Elsa Cross









Hundo mis manos en la fuente del zócalo.
Las flores se desprenden de los árboles
y tal derroche llena los pasillos, la calzada toda,
donde los artesanos parten caracoles
y los rellenan de jade.

Golondrinas y otros pájaros descansan en un cable.
Golondrinas,
en la espalda del héroe.
Brillo en la piedra negra en la que se ha aquietado.

En el corazón del zócalo,
niños escondidos fuman marihuana
y otros venden collares de colores.

Los danzantes queman sus pies como una manda.
Tambores, semillas secas en los tobillos,
el ritmo cifrando una palabra nunca dicha.
Un silabeo.
Plumas que parten el aire; sus escamas fulgurantes,
rozan la piel desnuda de la doncella en supuesto sacrificio.

Aquí, ¿qué dios se nutre con la farsa?

Me atraviesa el hilo vibrante de la ensoñación:
No me exijas lo que no puedo darte.
No puedo responder a tus preguntas.

A estas calzadas negras
yo sólo vine a leer poesía.
Tomo en mis manos
el libro que poseíste
y al abrirlo
tu aroma se libera.


Ahora sé, como un augurio,
que mi vida acabará
igual que acaba un suspiro,
una tormenta.

Frente a tu rostro,
tan inmortal,
perdido entre la gente triste;
o frente a tu cuerpo,
que flota en el baile de insectos diminutos,
me dejo caer en una banca
y te espero.

Caen para mí tus rayos,
sorteando la densidad de los follajes,
como una fuerza que me destila
y me confina a otra tierra.

Allá, en tu territorio, ¿qué soy?
Paloma o niño.
Una canción sobre tu manto.

Y si vuelvo hacia ti la mirada,
un remanso fluye hasta mi boca,
como si las alas de los palomos de pecho irisado
arrojaran vientos de huracanes.

Aquí, el suelo del zócalo
devora el sudor caliente de nuestros cuerpos.
Aquí,
los danzantes marcan tu paso,
perdido entre la gente,
hecho signo en una piedra.
Y es mi pensamiento,
nervadura de pétalo en tu rostro,
tendido como un dios hermoso en la palma de mi mano,
lo que me dicta
la verdad irrevocable de mi muerte.



Quizá han pasado muchos años
desde tu cuerpo abierto.
Tenías los brazos colgando como alas arrancadas,
la ropa casi transparente,
tus hombros cual un bronce.

Éramos sólo niños.
A veces jugábamos con lumbre,
a veces nadábamos en los canales hasta morir la tarde,
justo cuando el frío era una ola lenta,
y nos envolvía con su lengua helada.

Pero esa tarde no.
Sólo te sentaste en la banqueta.
Tu rostro como si un ave triste se posara sobre el hombro.
Abriste las piernas cuando te olvidaste de tu cuerpo.
Apareció el sexo resguardado por tela mansa
y su blancura de jazmín.

Quizás ha pasado mucho tiempo
pero aún me inundas en esta tarde.
Vienes desde el campo donde cazamos insectos,
traes los cabellos enredados
como largos amantes.
Llegas
y hundes tu rostro en la tristeza.
Llegas
y piensas en no sé qué cosas que perdiste.


Recuerdo aquella noche
cuando las luces pálidas nos envolvieron, ¿cuándo?
Respondes: Algún día.
Qué importa el día.

Yo era sólo un niño.
Era cruel y hermoso como el primer deseo.
Humilde era mi sexo, como un dátil dulce traído desde Arabia,
guardado en un tienda,
enhiesto como un pendón,
dispuesto para ti, viajero, que lo esperabas.
A los cuántos años, ¿diez, once?
Qué importa cuántos.

Recuerdo que tu mano alcanzó mi centro,
tratando de apresar de pronto tanta vida.
La juventud, la vida,
tanta salvaje pureza, cálida como un templo iluminado.

Y ahí, sentí por vez primera tu luz que todo lo inunda,
que se lleva de mí la vida hasta otra tierra.
Hasta un mar inexistente y tan nocturno
que no alcanza los ojos sus aristas frágiles.

Y a mi lado, sin notarlo nunca,
estaban muy tiernas,
mis hermanas dormidas.


Y no esperaba nada, apenas, de la vida.
No tenía manera de responder a tus llamados.
Sin embargo, seguimos tu rastro por el río muerto,
bajamos la ladera,
corrimos sin freno ni motivo.

Habíamos vagado hasta perdernos en el campo,
y allí, bebimos aguardiente.
Éramos tan jóvenes,
los soñadores de los ojos entreabiertos
-igual a esa diosa de la India-.

En el agua de los canales mojaron sus vientres los amigos ebrios.
Ellos, los delirantes, luchaban contra la corriente tan en vano
como contra la vida inevitable.

Y yo, cuánto te amaba.

Como a un desfiladero,
en columnas luminosas caerá nuestro deseo perdido.
Hoy nada quiero de ese cuerpo en el que tú te aparecías,
el que cayó como un amante hacia su propia muerte
y que repetía, tan lejano,
tan remoto:
Ven.
Ven a morir tú también contra mi pecho.

Como una piedra irrevocable, en el oído dejaste tus palabras:
Mira: el amor nunca es lo que se amó.


Era su sangre el río sin cause.
Era su alma para mi alma
la forma del silencio.
Alas, su luz,
y su cuerpo, tan tierno y tan moreno,
qué era si no la vida misma.

Pero el dios oscuro que en mí mora
que me opone la eternidad a la que opongo
finitud, efímera llama,
me obliga a nombrarte con otro nombre,
a travestirte de hojalata,
y al final asesinarte
como el amante que penetra y mata
aquello que tanto ama.


Presenciaré la procesión nocturna;
tu mucha prole que guiaste hasta el altar.

Como en aquella noche de mi infancia,
vi las portadoras de manojos
que llevaban más arriba de sus rosas,
aros de luz
tintineando por sus frentes.

Y entre toda la romería, vi a mi difunta abuela,
con sus rosas y su cirio,
con los gladíolos apretados contra sus enormes pechos.

Las peregrinaciones hoy regresarán sin ella.
“La entrada de las flores” le dicen,
y siempre se bebe alcohol para aguantar toda la noche;
para que los hombres tristes no olviden lo triste de su vida.

El cielo de pronto se ilumina por cohetes
y parece que todavía llegará a mí el cántico,
ese cántico,
más como una lamentación
o el murmullo de un secreto:

Es la muerte.
Aquello que se marchita
de los ramos depositados en la tumba de tu abuela.

La vida seguirá sin mí o conmigo.
No son necesarios estos versos que me asaltan.



Llegué al salón donde hablas de mitos.
De esos dioses que se mueren,
de él que todo lo abarca, aún la muerte misma.
Apareció tu voz pausada.
Brotó de tu boca como brotaron poemas,
aquéllos que fueron caricias de la divinidad bajo el baniano.

Como a un Guru,
la gente te escuchaba.
Yo, te esperé sentado en la escalera
y así me descubriste.

Te devolví el poema que te pertenece, el que escribí por ti, a tu gracia.
Y tú, desencantada, no mirabas los papeles.

Antes que tú, salí
y en la calle te espié como un amante.
Pero ¿qué de tu paso me atrae;
me lleva contigo, en cada uno de los lazos
con los que se une a ti el tiempo?

Sin brindar respuesta,
desapareciste bajo la fronda de un árbol.

Quisiera saber por qué vuelvo al trabajo
con un alfiler en el pecho.



La tarde se ensordece.
Nos encontramos en los pasillos de la escuela.

Jóvenes tienden sus cuerpos
en las banquetas mojadas por la lluvia.
Jóvenes beben mieles que han subido hasta sus labios.

Tocan los muslos de otro cuerpo
y la belleza los vuelve inútiles para el amor tuyo,
o, ¿será que son muy niños?
¿mucha herida niña para nuestras pieles?
Y entonces, los numerosos vuelos.
Vuelos,
gravitar de palomas,
la memoria entre vientos de otras tierras.
¿De qué tierras?
Juventudes ¿de qué cuerpos?,
¿en qué materia nos volvimos hombres?
¿en qué carne la carne halló su alivio?

En los salones leemos poemas.
En los salones nos turban los pechos de las niñas
que se yerguen,
así la presa descubierta de pronto;
las primeras viriles erecciones.

Releyéndonos nos descubrimos volcados en un ansia,
tendidos hacia el futuro.

Destino, ¿hacia qué calzada?
¿Qué muertes nos envejecen?
Memoria que olvida la médula en otro paraje.

¿Y qué más da si lloramos?,
¿cómo decirlo en esta tarde?

Volvemos a la brevedad bronca del cigarro,
nos volvemos sueño de repente.
Y si volvemos los ojos al poema,
el pasado nos devora.


Mírenme.
Camino tras los adolescentes dulces.
Los que cultivan el deseo de dejarse morir
por una fuerza, o un roce.

Tras ellos va
–como mi cuerpo mismo-
un leve olor a semen o a violeta.
Algunos llevan los cabellos largos,
otros, cantan
o adornan sus manos con arabescos.
Se recargan en las columnas
donde el sol los desmiembra por instantes.

Mírenme.
Soy un hombre envejecido.
No nos pertenecemos.
No sestean junto a mí en la tarde.
Y yo amo su cuerpo tendiéndose en la nada.

Detrás, siempre,
recogiendo lo que cayera de sus bocas.
Lo que debiera desvanecerse para siempre.
Detrás, besando la sombra que se forma entre sus manos.


Venía de dejar atrás la lluvia.
Manejaba por la carretera y alcancé un cargamento de rosas.

A ambos lados del camino,
crecían los plantíos de flores que se cortan todas las mañanas
y mujeres tristes y secas las venden,
tendidas bajo los fragantes manojos,
rodeadas de niños frágiles,
morenos,
que crecen como sus rosas, en este lugar donde azota el sol.

Y entonces, el carro aquel pierde el control,
se sale momentáneamente de la carretera,
da un salto al pasar sobre una piedra que parece un hombre muerto
y violentamente vuelve al camino.
Brincan los manojos de flores.
Y las de la superficie, las que no estaban aprisionadas por el dulce peso de las otras,
flotaron un momento.
Soltaron miles de pétalos que venían a estrellarse contra el vidrio de mi coche.
La visión duró un instante:
pétalos que llenaba la carretera,
pétalos en el aire que dejamos atrás de nosotros.
Como antiguos amantes, como placeres que ya no volverán.
Su vuelo encarnado lo devoró la boca del viento húmedo.

Venía de dejar la llovizna y el llanto.
Venía de dejar atrás la nube de pétalos perfumados
donde se gravó la belleza de tu nombre por un instante.


Mirábamos pasar el agua desde el puente.
La mirábamos crecer, revolcarse,
irse en su único lamento,
como un hermoso dios que se muriera a nuestros pies.

Las mujeres subían sillas y macetas floridas
lejos de su corriente que todo lo arrastraba.

Aquellas tardes, mi hermana se desprendía, al verme,
de la bandada de niños -que igual a pájaros- escapaban del colegio.
.
Me tomaba de la mano.
“Vamos a ver el río”, me pedía.
Y mirábamos tanto tiempo las formas que se agitan
sin tener conciencia de que era tu cuerpo el que veíamos.

Un día, volví a reconocer tu rostro de niño fugitivo.
Fue viendo una película gris y oro,
donde una muchacha con zapatos de cabaret y sombrero de hombre
miraba el agua revuelta del río Mekong desde un ferry.

Igual que yo, esa niña se vio detrás de la reja del paraíso,
expulsada por el tiempo,
porque es la única manera de saber que este diálogo contigo
no puede ser más que de amor.

Una vez me contó mi madre
que cruzaba de este país a otro por un río revuelto
sobre un ferry triste.
Porque del otro lado se podía gastar un poco mejor su sueldo de maestra.
Porque no había nadie a quien amar y es menos amarga una tarde sobre un río.
Me contó que se perdía mirando el agua
y recordando una canción muy vieja.
Bailaba antes de hundirse,
convertida en pétalo sobre el cause lento.

Y entendí que aquéllas, las de mi madre, las de la niña,
eran las mismas aguas de mi infancia.
Por que no hay diferencia entre un niño, una niña o mi madre casi adolescente,
mirando un río que nos lleva sin remedio.

Un único río que hoy intento recordar
como si con un poema engañara a la muerte inevitable,
como si un poema pudiera guardar alguna esperanza pasajera,
la última palabra que ya nunca te diré.


El recuerdo rumoroso de mi madre.
Y tú, igual que ella,
una estatua llena de pájaros.
Llenos los dos de palabras negras.

Tan bellos y tristes
como decir adiós desde un barco.

Si me abraza,
manojo de hierbas que se desanuda,
llega hasta mí tu perfume desvalido.
Y cuando, pensando en ella,
me uno a ti,
siento en tu pecho su sangre.

Si pudiera,
mataría los amantes que se acercan a su lecho.
Me tendería sobre su cama
como en algún templo abandonado
a recordar lo que solía ser aquella existencia.

Volvería a ti, antes del nacimiento de mi madre
y sería yo, en ese tiempo antes del tiempo,
el que la amamantara entre mis brazos.


Lejanos,
me habló con los ojos fijos en un punto:
Todo muda -me dijo-.

Ahora, hablas de mí como deseando que yo no exista.
Y mi muerte llegará
como llegó la muerte de mi propia madre.
Huesos, hoy.

Yo, que antes era de carne dulce y ostentosa
y llevaba siempre el pecho vivo,
ahora tengo la piel cubierta de ceniza.

Me repudian.
Parece que, pordiosera,
me presentara frente a los banquetes ajenos
sin mis sedas,
con el rostro libre de pintura.

Parece que apestara;
que abriera las piernas
y orinara de pie frente a los ojos de los adolescentes
y les recordara lo horrible de la vejez abyecta.

El tiempo es un ave infame.
Es como pisar una peña que se derrumba.

Todo cae, -dijo-
y yo pronto me iré
sin llevarme nada conmigo.


Poco a poco me doy cuenta de que nada poseo.
Mi poesía es triste y pasajera,
así una mujer desvalida que recogerá los rastros del paraíso.

Nada ofrezco.
No tengo la capacidad de amor o de piedad de esos santos
que son tan hermosos como un libro abandonado.

También he saboreado la maldad y la cobardía.
El dolor y el placer me arrastran como un lejano torrente.
Y aunque trato de ser humilde y de no estorbar a nadie
es seguro que a alguien rompen mis aristas;
que a alguien freno en su deseo más puro,
como otros mis deseos lapidan.

¿Qué puedo entonces ofrecer?

Y a ti, ¿de qué te serviría aquello que yo ofrendara,
si eres el oficiante, a quién se ofrenda y lo ofrendado?

Moriré e importará muy poco.
Ni siquiera significará un sacrificio verdadero.


Porque no supe ver las pruebas que yo mismo pedía,
ni la sombra que cobijaba mi reclamo.

Porque no supe callar en el desierto mi deseo.
No aprendí a deletrear los signos de tus murmullos de cisne encantado;
no comprendí que por cada muchacho que en ti moría,
llegaba un viento cálido que envolvía el cuerpo.

Porque me moriré, yo también, antes de saber tu nombre verdadero.
Sin coronas de lirios en las sienes.
Sin dibujos de palacios árabes, transparentes, sobre el pecho.
Porque durante este tiempo, sobrevivo la vida,
pero no sé para qué.


Pardea la tarde las palmeras grises.
Palomas entristecidas llenan la plaza
y las cañas cantan armonías de tránsito.

Me miras con las manos anhelantes, apretando el aire.
Yo, sin otra opción más que la vida, asesinaría tanta belleza.

Una fecha, un nombre, cae sobre la frente como un filo.
Entibiando un puñal inexistente contra el pecho,
desearía verme morir bajo su carne,
tu carne
-la tarde misma-.

El reino de las desmembraciones.
Eres tú quien nos contemplas.
Surge de mi carne una verdad, un faro:
Todo el pasado -lo bueno y malo- es triste porque fue hermoso.


Entre las costillas surcan las palomas persas.
Lo perdido se guarda en la cesta de los misterios.

Mírame ser el pastor de la noche.
El que llevó al tragedista a los lejanos campos
para abandonarlo luego, desnudo en su deseo.

Mírame ser aquél al que Clío se le apareciera, junto con todas sus hermanas necias,
mientras apacentaba sus rebaños en los valles del Ascra.
Y caer rendido frente a tu imagen antiquísima,
llena de belleza como un hermafrodita triste,
porque no tocaré jamás la sombra de los templos incendiados,
No tendré pecho y cuello donde cuelgues las cargas de tus perlas
o las hierbas aromáticas,
ah, las hierbas,
masticadas por insectos diminutos.

Yo no tengo el recuerdo de ningún jardín prohibido.
Y no bebí del mosto de Paxos, de las malvas laxantes.
No tiré los jaspes, las rosas talladas en alabastro, como ofrendas en tu mar.

Las mañanas de Formies, la vía Tiburtina, que jamás deambularé.

Pero atrapé los gorriones de mi sangre
y para conocerte, amé con la conciencia de lo eterno,
con toda su fuerza infinita,
este breve instante que duró mi vida.


A veces te imagino,
Igual a esa amante de Mussag-ag-Amastan,
la divina,
la intocable,
y quisiera ser yo el que te dice:
No has querido lucir ninguna joya sobre tu piel blanca.

Otras veces te veo,
como ven unos ojos cubiertos por el kohl:
con las vestiduras riquísimas,
los hilos de oro,
pequeñísimas piezas de marfil cincelado,
cubriendo tus piernas de mármol bruñido,
pero dejando el pecho descubierto.

Y tu esclava,
sin duda, una de tus amantes,
Embarka,
guarda tus tesoros y tus secretos en un cofre.

Y su oscura carne
perfumada de aceite
pone con sus adornos una sombra deslumbrante
en la sombra de tus pasos.
Esa esclava a la que llaman tu sombra.

Te veo tendida en el cojín targuí, rendida
-justo como lo dice ese poema-
ofreciéndote desnuda
a la diffa del amor.

Y quisiera tenderme sobre ti,
porque hay en ti más belleza
que en la tumba iluminada de todos los reyes.


Hay otros momentos distantes
en que el silencio te cubre como a los muchachos de los frescos.

Tan breve la cintura.
El pelo ondulante
-como olas pinceladas por algún pintor de Oriente-.
Se van y cortan lirios.
Portan cántaros con líquidos misteriosos.

O del toro, eres toda su fuerza,
la que arremete contra los muchachos
-los pugilistas, los príncipes,
los que ofrecen sus cuerpos
apenas cubiertos por el estuche fálico-.

Las islas.
Allí, la muerte.
Esos hermosos adolescentes que nunca existieron,
que se arrancan de la vida.

Al fondo, el mar,
el mismo que ahora permanece y moja
esa tierra donde sólo quedan ruinas
aún tan rojas como la sangre de los toros,
listas de ofrendas,
un ánfora de miel
consumida
por la Señora de los Laberintos.


Cercado de lirios,
de frutos de agua y sus fermentos.
Todas tus panteras mansas.
Verte desnuda es como estar frente a un tigre.

Señalado entre diez mil.
Poblaste tantos cuerpos en mi adolescencia.

Te ibas luego a tus desembocaduras,
largo igual al Nilo,
semejante a una enredadera de rosas
o lirios blancos,
mirtos, jazmines, azafranes frescos.
A atados de hierba limonada.
Cerezos y manzanos.
Todos los árboles del mundo florecidos.

Por ti, hemos dejado caer el alma alguna noche.
Una sola noche para tanto amor en medio del incendio.
Y yo,
abandonado como el último fruto,
amarrando el nudo que une la vida con la vida,
tengo la certeza de que moriré antes de haberte amado en todo.


Caían como la noche centelleos,
o volaban hasta el cielo, indiferentes, volcánicos,
durando sólo un instante,
dejándonos enceguecidos.
Se iban y vaciaban el fantasma de mi cuerpo.

Y en la noche,
recorrían sin rostro la maraña
buscando esa voz sin brazos para la caricia,
sin cuerpos que dejar caer
en el lecho que formó la huida.

Y si igual que ellos,
yo,
abriera el pecho
y se desbordara su corriente,
de mí nada quedaría.
Sería, sin el mar que me recorre,
un rumor perdido.
Una cadena de rosas sin torso donde prenderse.
Un lugar vacío donde se amó la vida.


Y mientras tú,
piensas que escuchas un verso entre esos vientos:

Desde tu boca, mi gemido.
Trueno antes de la llovizna triste.

Si han de ser tus labios,
cáliz para la gota de lo eterno, semilla perdida de mí mismo,
vendrás aquí tornado carne
y no soportarás la vida.

Así caigas de rodillas, agotado,
a presenciar la muerte de todo lo que amas,
bajo un cielo iracundo,
donde tiemble el vuelo de la golondrina,
el río anegue la tierra con sus árboles,
aleje sus frutos,
partan a la nada los pétalos de las flores encarnadas,
no soportarás tanta belleza con ese débil cuerpo.


La noche y sus mantos celestes.
Leo el libro bajo las neblinas:
“El canto malabar”.
Seres que se duermen en aquellos corredores.

Amor más puro:
Bhagavan Nityananda de Ganeshpuri,
su discípulo, Muktananda Paramahansa,
desbordan los cantos como agua.

Y sus oros,
todo el jaspe, el mirto.
Polvo dorado flotando entre la luz.
Como un Jardín Iluminado:
azafranes, laelias, vides en flor,
ámbar molido sobre la estatua de Yama
-señor de la muerte-.
Cientos de palomas sobre el lago de los lotos.

Y como el sueño, vino.
Me movió muy leve para no sacudir el lecho manso.
Su lava surgió desde el centro del ombligo.
Desbordó en el pecho como fuente.

Y seguiré soñándolo en el río de mi infancia
mientras en los patios del áshram se desgaja el árbol gigantesco.
Llegará la oración de la dama hasta mi frente:

Es la vida tu vida atravesada por la lanza,
la lanza misma.
Y los granates en los cuellos,
la sangre que hace crecer el esparto de la estepa,
La lluvia sobre las estatuas.
La conciencia de perderse en ti, que lo eres todo.

Al cerrar el libro,
un mar arrasó mis jardines tristes.


Cae en ti la tarde toda.
El segundo contemplado en esta calle
me vuelca en la estera tendida dentro del corazón.

Pareciera que la vida nunca llega.
Eleva sus jardines.
Como un cargamento de violetas perdido entre el mar de Tracia.
Estas tempestades matan a los hombres como pájaros abatidos.
Cuánto luchan por mantenerse sobre tu palma blanca.

Y en este aquí recuerdo tanto la muerte.
Ese pacto de amor que hicimos bajo el manzano.


Veíamos tan sólo
una luz virgen, pétalo voluptuoso toda ella…
Lius Cernuda

Entre tanta luz dorada,
tan pesada como un cuerpo,
lo miré correr con el pecho encarnado y floreciente.

Como de una fuente de vino
brotaron a sus costillas granadas reventadas;
pétalos, a sus pies.

Con la mirada perdida del asceta
corrió tras los hermosos niños
que jugaban con el agua,
que se disolvían en la luz.

Sátiro de mármol,
ante la tarde que clarea los árboles, la fuente
y el mar.

Un vuelo de ceniza llevada por el viento.
Al cerrar los ojos,
es su carne la que llega hasta mis labios.

Volví
cuando él caía como un ángel,
a su propio abrazo,
atrapando la nada eterna,
con las alas arrastrando
por el suelo de esta tierra,
sólo para morirse tan de pronto.


Oír la misma voz que dice:
Lago de silencio.
Cuerpo a punto de encenderse.

Tenía la idea de crear la cosa más bella de su vida.
Pensaba que era eso y no otra cosa
por lo que había sido arrojado hasta este mundo.

Y cada verso era un grano de trigo,
un humilde montón de barro.
Las flores azules de las lycoris.
Y cada hilo que hilvanaba era una ofrenda para nadie,
como un campesino que encuentra una estatua de Apolo en su parcela.

Y se preguntó un día:
Para qué tantas palabras manchadas de deseo,
espacios donde nada mora,
caminos que nos llevan ¿hacia dónde?
¿Dónde para el errar de nuestra vía?
¿Quién nos nombra el nombre que creíamos olvidado?

Confundido como un ángel,
miró la escritura
y no quedaba ya nada hermoso en este mundo.


Amor que se incendia con mis voces.
Amor, amor, que consume el quebranto y la pureza.
De lo sagrado y lo perdido.
Puso entre mis brazos una grana bermeja y parda
y en mi sexo,
una flama de león hecho cenizas.

Amor, el corazón de amor se quiebra.
Presta alas a lo crudo y putrefacto.
Es el mar que deja en la orilla, seda de oriente,
sin nadie en la lejanía para marcar su huella.

Es el cristal callado de lo triste
que cae como rayo de jazmín en su fragancia,
sólo para hacernos volver a la ribera
de aquel deseo ardiente que nos derrumbó la vida.


Amor como el regocijo de la espina.
Amor como una rabia que se acaba.

Tenso las tiras de su cuerpo desgarrado.
Trepo. Giro. Me precipito.
El grito es una cueva de la tierra,
se desprenden las bestias de su lecho.
¿Dónde cayó el esqueleto de los dandeliones?,
¿los crocos, los narcisos y su verticalidad divina?
Narcisos que caen sobre la tierra y de la tierra resucitan.

Trepo. Giro. Me precipito.
Abro los ojos,
y la noche deja de producir su fruta deliciosa.


Y más amor como la nieve,
como la muerte de un ciervo perseguido.

Se tiende el amor en la espesura.
Sobre mi cuerpo ahora valle puro para el olvido de mí mismo.
Sobre nuestro cuello que será sajado.

Lava que surge desde el ombligo, lava de mis laderas desfiladas.
Cuántos trabajos en la noche para llegar a ti.
Tú, tan infame y silencioso.
Brívido temido.

Y con la noche que se eleva,
verte partir con el cuerpo iluminado.


Surge tu luz desde su rostro,
en aquella noche pálida donde una voz
nos dijera sobre el hombro:
Mira:
mi amor es tuyo,
tuya mi sonrisa.
Yo estoy aquí, como un pilar para tu abrazo.

Pero sigue estática y no viene
y parece que se duerme sobre su hombro.
Llagas desbordan de su costado dolorido:
El cuadro se desdibuja con el tiempo.

Es la virgen y su imagen.

Rajadura.
Registros crudos llegaron a nuestros tímpanos,
como de ángeles sin virgen ante quién desmoronarse.

Y a sus pies cálidos,
se posaron bandos de palomas.


Hubo de requerirse la fuerza de la guardia del virrey para impedir
que Rosa fuera desvestida por los devotos que deseaban llevar alguna reliquia.
A pesar de ello, tuvieron que cambiarle tres veces los hábitos
e incluso en el traslado algún irreverente seccionó uno de sus dedos del pie.
Biografía de santa Rosa de Lima.

La muchedumbre te asecha.
Te mira en su cuerpo casi adolescente.

En la casa de la familia de la Maza, se formaron grandes multitudes
sólo para contemplar a Rosa.
Nosotros, el gentío sin apellido,
esperamos su traslado hacia la Iglesia del Rosario.
Esperamos tendidos en el suelo del Perú.

Cuánta gente hambrienta.

Al rededor del féretro, vimos caer una manta púrpura.
Tan fina, punteada de rosas de oro,
quizá bordadas por diez vírgenes.

Se la llevan al sepulcro entre la muchedumbre.
Ella, tan joven, Rosa de Lima por ella misma bautizada,
dolida de su propia belleza,
le espera un destino más alto que los cielos,
y aquí, todos tenemos hambre.

Ella, que quería matar lo que de bello había en su cuerpo,
frotándose pimienta sobre el rostro,
dejándonos sin niña sobre el mundo,
se va a consumar su matrimonio.
Y nosotros, aquí, tenemos hambre.

Fuiste tú también quien nos infundes fuerzas en los brazos.
Hilos de acero nos jalan las manos a su cuerpo, queremos tocarla,
a ella, Rosa de Lima,
niña de los pobres,
mortificadora de su cuerpo.
Tocar a la que oculta la tira de plata ensangrentada bajo flores.

Y el hambre es tan grande que tiramos de su ajuar;
los devotos se abalanzan sobre su cuerpo para arrancarle la vestimenta.
Hacemos temblar los restos inertes.
Uno jala los brocados, otro más el velo hendido. Tenemos hambre, Señor,
tenemos hambre.
No queremos una reliquia muerta,
sino algo de lo que no comprendemos y nos inunda,
como si con un pedazo de tela, cubriéramos la desnudez de nuestra alma.

Entre la gente oprimiéndome la vida, vislumbré su pie blanquísimo.
Y era como caer en un pozo donde nada tan bello podía existir sino eso:
El pie todavía tibio de una santa.

Denso fue como un sueño dentro de otro sueño dulce.
Vi su pie posarse sobre los muertos.
Debajo de su pie se movieron los paraísos,
pesando como una imagen solar en la columna de la mente.

Y al abrir los ojos, todavía busqué sus trazos en el aire.

Es su propio sueño, y es la belleza y los hombres.
Esas razas indiferentes, como guerreros y amantes.
Dios y los hombres.
Saber de pronto que la belleza también nos abandona.

Y por eso mordí su pie,
quedándose en mi boca un dedo de sangre coagulada.
Carne de virgen,
en mis manos de paria sin destino.

A mí me olvidará la historia.
Pero lo más bello de mi vida se guarda en una basílica:
Una mutilación triste y transitoria como lo fui yo mismo,
un hueco que demuestra el hambre viva que sufrió mi espíritu.


Sobre esa tarde, vagabundos.
Tú tendiste a mi paso cosas que amo.

El oro frágil que fulgura sobre el río
era desenterrar el fuego en una tierra sagrada.

Una tolvanera hizo aparecer rayos de luz entre los árboles.
En el agua estancada se perdieron,
como el cuerpo del iluminado.
Vimos raíces que el caudal dejó desnudas,
diminutos insectos como polen,
vimos libélulas que dieron alas a las piedras.

Remanso, más que dulce, nos recorre.
Sus silencios.
Hallamos una garza –blanca como un sueño-
que remueve el lecho luminoso.

Y si me acerco, ella se encrespa.

Y si me acerco, se escapa
como un amor,
como un recuerdo que extiende sus alas blancas
para desvanecerse por los aires.


Antes de la arena había un camino hecho de polvo.
Allá imprimimos unas huellas exactas.

¿En qué pensaba cada uno?
Viejos recuerdos de mi vida, de la vida de mis hermanas,
llegaron como pájaros.
Bebieron del remanso.

Los bejucos alzaban ramas en el cielo
y sus raíces formaban rayos que tocaban la parte más calmada del río.
Cabellos mojados,
lianas.
Como pequeños dioses transparentes,
jugó un hedor en las narices.

Tiempo olvidado.
Fuimos ese moroso recuerdo.

El tiempo es este río.
La corriente que desde lejos llega,
nos lava los pies,
nos ama.

Así una esclava que nos hubiera amamantado.


Caí en el redil de su sonrisa,
fui la gota de agua pesada y llena de la vida que fue.
Río del tiempo entre tus brazos y los míos.

Miré a mi madre en una orilla.
Cómo brillaba su cabello negro,
diamantado por las gotas que hasta allí flotaron.
Cómo caían gracias de su corta estatura.
Sonríe y me desprendo de sus brazos.
Soy un niño desnudo que se aleja,
que con una carcajada entra en tu cuerpo.

Pero ¿fue mi vida un paraíso?;
aquél, aquél que corre entre las piedras para sumergirse en el río,
lejos de las manos de su madre,
¿soy yo?,
¿soy yo o es algún otro?

En ti me olvido y me renuevo.


Buscar perdido tanto tiempo
aquel deseo que palidece con el alba.

Esperar la llegada de la brisa,
igual a un ave
sostenida en las olas de tu vientre.

Morir como en los propios sueños.

Y nombrarte:

Corazón,
el más sombrío,
el que no ha nacido nunca,
¿qué liebre agoniza en nuestro pecho?,
¿quién vendrá a beberse nuestro soma?

Corazón, el más amado,
tú no eres lo que yo amo.
Es el amor mismo.

Cardinal, tu aliento.
Si me acerco a ti, mi vientre se fertiliza.
Si me acerco a ti, mi pecho crece.

Es tu pie el que se eleva.
Es tu mano la que toca;
tu sangre, la que escurre.


Dentro de mí
hay una Tiro que se incendia.

En el ópalo de la historia
los hombres que se sintieron parte de la noche,
los que amaron sobre la estera de palma decorada
y adornaron sus manos con oro blanco,
caen uno a uno, sin mujeres para llorar su muerte.

Dentro de mí se incendian los corredores;
las ventanas cubiertas de mantos teñidos de púrpura tiria;
Las murallas y sus labrados de bueyes y de vides.

La parte costera, la que da a la isla,
la ve mirarla con el fuego adentro.
No hay lugar para la huida.

La asedian,
construyen a su alrededor un istmo con las ruinas de mis ciudades ya sitiadas.
Nada los amedrenta cuando atacan de frente.

Y, dentro, muy dentro,
el fuego todo lo devora.



Ven a dormir conmigo,
amante, cansado ya del amor.

Tiéndete en mi lecho que te llama
que sé que no eres tú quien en tu cuerpo mora.

¿Este combate es lo que nos queda de la vida?
¿Qué es esta duda que me asalta?
No tiene nombre ni es más duda.

Me miras y revuelves tu imagen en mi sueño.
Me aterra y yo la amo.
A su fulgor que quema las rosas de mi pelo agreste.

Y aunque me obligues a decidir entre tú y la carne,
eres tú la carne.
Eres el ópalo pulido de la noche,
torbellino y mariposa.
Todos los leones que me habitan.


Baja hasta mi tierra.

Prende fuego al lecho donde yazgo.
Que tu mano me conduzca a las cámaras nupciales.
Me tenderé en la alfombra iluminada.

Dame de beber.
Dame de comer más de lo que ofreces:
Entregaré mi pecho a tus designios.

Vislúmbrame en un sueño,
entregado a otro sueño donde tú no mores.
Hazme perder el campo donde apaciento.
Defórmame hasta la fealdad.

Que yo caiga como la lluvia sobre el prado que arrasó la guerra.
Que yo sea el sueño que se muere cuando abras los ojos,
y que me despierte
tambaleante
aún con toda tu dulzura entre los labios.


Tu soplo apagó la lumbre del candil.
Y yo que te esperaba
más fiel que un asceta,
con los ojos desmesuradamente abiertos,
–igual que el corazón-,
no te distingo.

Susurro,
murmullo en cada océano o caracol.
Palabra que en la cueva pierde su origen.
Sólo insectos restañando el sonido de su luz.
Sólo ese rastro de música en los oídos.
Se deshace el mito entre mis labios.

Abro los brazos, y tocas mi frente.
Como una sacerdotisa,
abro las piernas,
y en mí te tiendes como en una estera.

Te eriges pantera o corzo para salir como suspiro de mi cuerpo.
Y marchándote, gritas mi nombre...

Pero no contesto.


Me hundí en el agua oscura
esperando un abandono,
y la escena era digna de admirarse,
Oh, adorador,
encantador de serpientes y doncellas.

Estabas tú,
con los ojos cerrados; el cuerpo sin peso, inacabado.

Te danzaban las hebras de las manos como a una devadasi.
Digna eras de una miniatura biselada en oro.
Prodigabas la belleza para mí que me rendía.
Dabas la luz a los ojos de los hombres.
Y tus amores, dime, ¿a quién los dabas?

Sé que no durará mi vida un grano de tu imperio,
pero que quede de mí lo poco y lo suficiente
para amarte, como un esclavo.
Como simple centro de flor mustia en tu guirnalda;
prendida en la cadena de tu amor ardiente.


No eres tú.
Es lo que hay antes de ti, sobre tu pecho.
Pétreo el amor.
Hoja que arrullada llegó a la puerta de mi tienda.

El tiempo oscuro trasminó tu néctar.

Flotas sobre el lecho iluminado.
Caes en el instante del rocío.
Desbordas cuántos dones a mis pies,
y como vino frutal, dejas tu éter en mi cuerpo.

No eres tú.
Es tu cuerpo, o el cuerpo en el que habitas.
Como amantes espartanos,
atados, unidos para siempre, juntos contendemos,
nos entregamos,
caemos juntos.
Nos vemos morir hermosos como nunca fuimos.

A ti te di mil nombres,
pero, ¿cuál es el verdadero?
¿Cuál es el perfecto?
¿cómo nombrarte con un soplo si en un soplo te disipas?
¿Cómo cercarte con una cadena de rosas derramadas?
¿Cómo contenerte en un cuerpo interrumpido?

¿Qué me obliga a confrontarte,
a entregarme a tu fuego que todo lo consume
y que deja en su ceniza una palabra intocada, inabordable,
en la playa donde los cuerpos nos estorban?
¿Quién me ata a tu tormento?
¿Y hasta cuándo?

Sólo una palabra para la ofrenda,
la conciencia se tiende hacia el abismo,
y tu presencia en este amanecer
es sólo una lluvia ligera entre los hombres.




Antes de ti, yo era,
tornado corazón de gavilán perdido,
sombra dorada que deambula por las tiendas.

Soñé la vida
y fue la juventud mi templo.

Bebí el deseo de la salvaje pureza,
y una sola vez prendí la rosa niquelada de mi beso
sobre tu espalda de desierto triste.

Y si la tibieza de tus pies a mí llegaba,
me tendía,
como una cortesana o un eunuco,
a tus pies me tendía.
Construía las llanuras de los sueños, sus palacios blancos,
sus derrumbes,
y otra vez me tendía sobre aquellos inmensos lodazales.

Era aquél que hacía el amor como los pájaros.
El que cayó con todas sus estelas.

Era tierna sangre de león alado.
Las jaurías de la noche,
las palomas.



Sólo sé que a sus pies todo cuerpo se derrumba.

No llegué a nombrar lo que en mi pecho edificaba.
Sus columnas.
Sus pirámides.
Tantos palacios que duraban un instante.

Vino a mí como una ráfaga.
Como ese viento que se robaba las muchachas de las islas.

Mas ¿qué era? ¿Qué era, corazón, qué eras?
El cayo inmenso de la noche, ¿o la noche misma?
¿Archipiélago al que arribo
desprendido,
vibrando,
sostenido entre las fibras del céfiro
como nota de cítara sin tañer?

Y si eres la muerte, ¿qué te empuja?
Y si eres la noche, ¿por qué me abrasa?
Yo ¿qué soy entre tus brisas?
¿Un centelleo?
¿Un jirón de su sueño deleznable?
La luz que surcó la corriente negra de su cuerpo.

Contesta la pregunta que sólo tú sabes responder:
Dime, ¿qué no eres?


Soy el que exudó su líquido en los jazmines,
el que se abrió en el sexo de los lotos.

Vuelvo, sin haberme ido nunca, monarca en la yegua de la noche.

Soy el que llega a ti
desde el centro de la muerte,
tras cruzar un camino de neblinas perfumadas.

Yo llevo los colores que reflejan tus córneas grises,
entregadas,
rendidas en tu rostro de efebo que espera el amante que se baña.

Soy tú mismo, el rostro que te invade de ese miedo.

Y cuando cae el sol sobre la tierra, cruzando las nubes torrenciales,
soy el que atraviesa tu vértebra de espinas
como el deseo terrible,
como un mensajero que llevara
una carta de amor en medio de la guerra.


Vuelve, como un ave cansada.
Llega y canta
como un cristal encajado en una piedra.

Es un cuerpo húmedo salido de un mar oscurecido,
oculto apenas entre derrotadas ropas.

Se confunde con el cuerpo de mis amantes.
Bebe de mi beso.
Se tiende eterno entre mis labios.

Y luego, se pierde en el futuro.

Mas me dicta sin voz, su voz:

Yo a ti volveré
aunque no quieras,
pues todo lo que un día se ama
nos desterrará impotentes,
nos volverá pájaro negro
que se pierde irremediable
entre la potencia ardiente de mis brazos.


León Alado.

No tuve tiempo de retener a Antínoo
Margarita Yourcenarf

Fuimos a la caza del león,
agazapados, como si nosotros fuéramos la fiera.
Lo esperamos cerca de la charca arenosa cubierta de juncos.
Decíase que el león acudía a beberse allí la noche.
El aire era el otro león que respira dentro del pecho anhelante y frío
y vaticinaba el tiempo de la batalla
como si esa lucha ya se librara dentro de nuestro corazón ardiente.
Pero estaba allí el frío, antes que la bestia
y venía a estrellarse contra la coraza de hierro,
levantando un poco el envés de la capa, roja por debajo,
como para más enardecerlo.

Y apareció de súbito la bestia real,
tan hermosa como terrible.
Negra como la vida, la fuerza natural caía sobre sus hombros.
Bebía.
Como nosotros, esperaba.
Y yo, tratando de apresar antes de su cuerpo, su sombra,
no pude retener a Antínoo.
Dio rienda suelta a su caballo,
lo empujaba la juventud y la muerte, o el deseo de vencer la muerte,
y lanzó como un atleta de los templos, su pica y sus dos jabalinas.

Herido del cuello, el león se desplomó batiendo con la cola.
Tanta arena levantó su peso
que sólo veíamos su sustancia informe.
Era un rugido lo que se materializaba.

Pero se levantó.
Miró con furia al joven bello y dispuso el sacrificio.
Él, desarmado, casi desnudo, predijo el ataque del león ahora de fuego,
ahora alado por suerte divina, ya grifo transformado, y no se movió, orgulloso.

Interpuse mi caballo, ofreciéndole el muslo descubierto, y respiré la sangre de la fiera disuelta por el céfiro.
No me resultó difícil rematar a la bestia herida.

Y absorto por ese instante donde la belleza se une con la muerte,
creí que la víctima había sido yo mismo.
Que era mi cuello el que yo mismo atravesaba.
Ante el ímpetu de una juventud que ya no es mía,
cayeron sobre mí todos los destinos:
arrastraré su amor hasta mi sangre,
veré cómo será obligado a ser dios a causa de su belleza,
cómo será retratado mil veces por mis escultores,
con los cabellos sujeto por bandas
y desnudo del cuerpo, quizá un poco ofrecido a las bestias de los siglos,
como ahora, al otro león de Nemea.

Mientras yo,
me despierto en medio de la noche,
buscando atrapar esa presencia que todo lo contiene,
sólo para darme cuenta que yo he sido el que verdaderamente ha muerto.

viernes, 26 de marzo de 2010

Holas

Oh, el abandono.
He dejado de escribir porque paso mucho tiempo en otros malditos menesteres. Y ahora que regreso, ingratamente es sólo para dar un comercial.

Este miércoles de semana Santa presentaremos los respectivos libros Alma Karla, Alejandro Campos y su servilleta, es en el museo de la ciudad de Cuernavaca a las 5:00

Muy invitados todos.
SALUDOS.

martes, 1 de diciembre de 2009

viernes, 31 de julio de 2009


Y yo, que ya he dicho tantas cosas,
que he callado otras tantas,
que te he dicho lo que no he debido,
hoy me calcino con una piedra el pecho.

He dicho lo que ya no necesita repetirse:
Palimsestos, emulaciones, alusiones escondidas,
y sin encuentrar la palabra nunca.
O ¿será que no existe?

Y sin embargo se lo digo al mundo
porque no puede ser de otra manera
porque he nacido para eso,
y es lo poco que puedo dar ante la noche.

Pero, no me hagas mucho caso.
No me creas todo.
Los poetas mienten por oficio.

Mentira es que deseo tu muerte,
que persigo los deseos perdidos,
que no pretendo nada;
mentira, que me estoy vaciando por dentro
nunca he estado más lleno de mí mismo.
Y he comprendido pequeñas verdades
a pesar de las mentiras,
y ha sido como capturar luciérnagas
con las manos hechas hueco.

Créeme una cosa,
sin embargo:
nada me importa lo que digan,
pues, yo no persigo la Verdad, sino la Belleza.

jueves, 16 de julio de 2009


Querida, Karla:
Hoy, mientras comíamos me dijiste:
“leí tus poemas”.

“Uno debe advertir al otro lo que sabe” dijiste.
Luego me hablaste de un libro recién leído,
¿te acuerdas?

Me hablaste de él y de sus hechos
como quien cuenta de un amante o de un maestro.
“Te enseña la vida”, me dijiste.

“Siempre se hace tarde para las cosas buenas”
“Te advierte que el amor, Afhit,
es irse,
pero no debemos dejar que nos arrastre”.

Yo no podía decirte nada.
En ese momento no era nadie.
No tengo derecho a debatir.
Yo fui el que se equivocó siempre.
Siempre ciego.
No sé qué hacer en medio de la noche constelada.
No tengo paradero. No sé quién soy.

No puedes sin embargo, negarme,
Karla mía,
que tú igual que yo
has sentido una libélula de oro
comerte el alma con desesperación terrible
como la muerte o como un trueno.

Ese gusano que te devora,
cuando sabes que no sabrás nunca
en qué mesa comerá aquél
o con quién.
Quién se acercará a ti después de él,
y por qué razón.
Por qué razón te amarán otros.

No saber dónde parará su carrera loca,
cuándo se tenderá para mirar la noche
o dónde caerá su lágrima cuando su madre muera.

Y enloquecer tú también
porque no lo sabrás nunca.

Nunca sentirás el fluyo de su sangre
ni le rozarás un poco el hombro.

Porque no volverás a prepararle café,
no lo despertarás si se hace tarde,
no envejecerán juntos,
ni lo verás morir.

miércoles, 15 de julio de 2009

Ayer te volví a ver después de tantos días.
Partías el aire con un suspiro
y traías sobre tu piel
todo el sol de esas tierras que no conozco.

Leías un libro que yo te presté
y que amé como a una hermana.

Me diste los buenos días con una indiferencia innecesaria.

Descubrí, para mi asombro,
que todavía hay en mí una espina
olvida sobre la estera en que me tiendo.

¿Amor,
leerás alguna vez Dafnis y Cloe?
¿Querelle?
¿Madame Bovary, siquiera?

No te diste cuenta, pero ambos leíamos.
Tú en el libro y yo en tus labios.
Adivinaba la página,
repetía los diálogos,
quería saberlo todo.
Todo, Amor,
lo que el libro te decía.
Tu pensamiento virgen...

No cabe duda,
el amor y la belleza
son siempre misterios que perturban.

martes, 14 de julio de 2009

A veces he deseado
que un huracán de fuego
recorra el mundo en una noche.
No despertar a esta bruma movediza,
este pantano donde ahogar palomas.

Mira.
La felicidad es una chispa.

Nada me ata a ti.
Pero te busco y te llamo entre los cardos:
volver a ti, a tu llama helada.
Tu canto agreste, tu calcinada herida.

Es como amarrarse al mástil más macizo
deseando que zozobre el barco,
haciendo del mar apaciguado una tumba o un légamo sinuoso.

A veces le rezo a Dios como si estuviera enloquecido
o a punto de morirme.

Otras veces he deseado tu muerte,
o por lo menos,
oh, concesión divina,
que ames a alguien más con la misma fuerza de mi amor caído.

jueves, 28 de mayo de 2009

Carta a mis amigos.





Vuelvo a tomar la pluma después de muchos meses. ¿Ocho, nueve? Dios, han parecido siglos. El letargo de la palabra es un sueño del que cuesta despertar. Tal vez he creído en el aislamiento como en una isla: un barco cargado de violetas, como dice Homero, pero esta carta se la debo a ustedes. Porque así es la vida, una marisma de cosas, un vuelo de esos pájaros que parecen que no van a ningún lado, esas marejadas de pájaros, ¿las han visto?, que van y vienen, como una mancha en el cielo, y nunca chocan uno contra el otro.

He tenido epifanías. Todas ligeras como mariposas. He vivido ríos de pasiones que me inundaron. Las sombras, los silencios, las penas. He cargado flores y no ha habido nadie ahí para recibirlas. Pero ustedes han recogido su aroma antes que su muerte. Los he visto sufrir por sus propias penas y me ha dolido ver que no hay nada que yo pudiera hacer, más que estar allí, presente.

Gracias entonces, gracias. Yo sólo puedo perseguir una sombra vana. Una sola sombra simple que nos cobija en su ternura: la belleza. Cernuda, en su sabiduría de poeta, que casi nadie comprendió nunca, no hablaba con nadie, no creía en nada. Pero amó la misma sombra que yo, y en ella se tendió un día para no levantarse nunca. Él, con su pudor de niño, la llamaba “la hermosura”, ¿ven que bello?, la her-mo-su-ra. ¿Recuerdan Ocnos? Su último libro publicado. Sólo busca eso: capturar los instantes donde la belleza se le presentó, para luego irse, dejándolo como huérfano en medio de la guerra. “Algunos creyeron que la hermosura, por serlo, es eterna […] y aun cuando no lo sea, tal en una corriente el remanso nutrido por idéntica agua fugitiva, ella y su contemplación son lo único que parece arrancarnos del tiempo durante un instante desmesurado”, dice.


Por eso también le llama igual a Ocnos, quien fuera ese bello ser que trenza el pasto que luego le dará a su burro. ¿Puede darle el pasto así, sin trenzar? Sí, sí puede, pero… ¿qué caso tendría?, ¿qué haría entonces el pobre Ocnos? No sirve de nada, pero es bello; eso es todo. Piénselo, sin las hermosas trenzas largas de heno (todo el trabajo de una noche), su vida no guardaría ningún sentido.

Y yo creo que hay mucha belleza en creer en ustedes. En enojarnos por momentos, en volver siempre a ustedes. Hay mucha belleza en el sacrificio y la renuncia, en la muerte, en saber que uno no será ya nunca el mismo después de haber conocido tan de cerca el centro de sí.

El mundo cada vez está más lleno de gente incapaz de percibir la belleza. La verdadera, no aquello que los burgueses confunde con lo bello: ese entramado personal donde las virtudes de su clase, creen ellos, son las que debiéramos seguir todos. Y es por eso que también viven confundidos. Creen que lo que visualmente se ve bonito, o tiene un carácter más o menos parecido a sus ridículas virtudes, es bello. Y no es así. La verdadera belleza no tiene nada que ver con las virtudes. A veces sí, a veces no. Una muerte o una maldad inmunda pueden albergar en su seno la belleza más profunda y pura.

Un dolor tan profundo como los ojos de la muerte. Un sacrificio que no sirve para nada, que no propició a ningún dios, fueron para mí la más excepcional de las hermosuras que yo haya percibido jamás. Nada lo evita. Este mundo está tan lleno de belleza que a veces creo que no voy a soportarlo.

Y sin duda es como recoger flores después de un funeral. Cuando era niño, leí un cuento donde un joven es sometido a pruebas imposibles. Y en una de ellas, prefiere salvar la vida de una abeja que ganarse dos monedas de oro. Esto fue maravilloso, porque fue la abeja salvada la que lo ayuda a superar la última de las pruebas. Esta era descubrir, en un cuarto con cien hermosas princesas muertas, cuál de ellas había bebido miel antes de morir. La abeja se posó en los labios de cada una de ellas como ante la puerta de la muerte y luego fue a decirle el secreto de aquel dulce instante en el oído. Ese pasaje me fascinaba. En mi imaginación, yo era el joven, a veces la abeja, pero a veces, (oh, iluso de mí) creía ser el rey que había matado a sus cien hijas sólo para crear un momento de absoluta hermosura. Ahora descubro que no soy más que un obrero… si acaso una de esas princesas muertas y ni siquiera la principal. Comí cebolla o sal, y no miel, antes de morirme.

Pero también descubrí que esa era la naturaleza del hombre. Percibir la belleza sin poder capturarla un momento. Y eso también a mí me duelo mucho. Quizá por eso también, no acabo de poder lapidar esto que me inunda, porque la sola idea de morir, de dejar la sangre en cualquier calle que pisara, despertar compasión, asco y ternura, para que todo eso no sirva absolutamente de nada, eso, precisamente eso es muy triste, pero también muy bello. Ese es mi destino: el sacrificio, y con ello pagar la cuota de belleza que le debo al mundo.

Espero que después de todo esto y muchas otras cosas más que nos falten por vivir, después de leer esta carta, todavía puedan ver en mí, o en lo que soy ahora, aquél ser que quisieron algún día.

Afhit Hernández.

jueves, 19 de febrero de 2009

Y vuelvo otra vez a Ofelia


Y vuelvo otra vez a Ofelia,
porque esa es la suerte a la que nos encadenan los encuentros.

Porque nada nos ataba a este mundo seco,
nada nos ataba el uno al otro,
y aún así permanecimos juntos.

En la televisión iridiscente
pasan hoy una película de tantas que le gustan.
Esa donde un par de drogadictos oyen a Janis Joplin
mientras viajan a las Vegas en un convertible blanco.

Maybe
Whoa if I could pray, and I try dear
You might come back home - home to me.

Por qué pensar en ti, justo ahora.

Sí, siempre vuelvo a Ofelia,
a recordarle que mi espalda está allí para su abrazo.

Jim Morrison nos canta sordo.
Escucha.

Esa escena donde uno de los drogadictos
se tiende en una tina macilenta,
oyendo a Jefferson Airplaine.
Mira.

Le pide al otro que le asista en su muerte.
Quiere morir justo cuando la última nota de esa canción se extinga.
El radiotransmisor dentro de la tina.

Y sufro una epifanía tiernísima.
Todas esas canciones,
esos difuntos que nos cantas desde aparatos entibiados,
todos los tangos del mundo,
el alcohol y el rock antiguo
todo eso es aquello que nos une.

Oímos esas canciones
porque los dos,
tú y yo,
igual que los parias de la película,
buscamos la canción exacta con la cual morirnos.

Wilbert


No estaba en la sandía,
ni en los peyotes que cultivas en la terraza.

No estuvo tampoco en la breve vida cercana al sueño
o en los amores,
los que se van o los que nunca se han ido,
aunque hayan muerto.

En tu casa nos encontramos con nosotros mismos.
Esas noches calientes,
con lunas o sin ellas,
tan lejísimos el mar y nosotros navegando.
El bochorno tibio del jazmín arábigo
derrite los hielos de nuestros vasos sin nada.

Los horóscopos no son más que pretextos
para pensar en una vida que no es la nuestra,
que dejamos de vivir antes de nosotros mismos,
como si nos repitiéramos mil veces
que la alegría es un pájaro perdido en nuestra sangre.

Y tanta música, cuántos discos,
libros, cafés, la mariposa negra de la poesía,
cigarro, flor y sulfuro,
la hermosa jaula donde perdernos.

No estaba en el llanto,
o en las fiestas donde no conozco a nadie…
Pero igual que yo, tú también buscas algo…
Y yo, igual que tú, no sé tampoco dónde encontrarlo.

Ibán


Mi padre es un ser extraño hecho de mi carne.
El tuyo, Ibán, latió como en un rayo.
“Un solo hombre amé en mi vida”
parecen decir tus poemas,
tus cuentos, tu rostro mismo.

Tú lees poesía como buscando un origen,
otro padre, otra infancia grata;
buscando ese lugar hermoso
que perdimos como un amante que se muriera en nuestros brazos.

¿De dónde provienen los poemas?
De ese mismo hoyo negro,
de ese misterio nunca dicho,
ahí donde van todas nuestras energías desperdigadas,
discontinuas,
como Schopenhauer necio
dando clases a dos o tres en la aulas de Berlín.

Quizá, por eso, Ibán,
nos sentamos en las banquetas al borde de la madrugada,
en alguna calle, aquí o allá,
y nos emborrachamos sin remedio.

Queriendo recuperar el chiquillo moreno que se nos escapó,
hablamos hasta muy tarde sobre el león y la virgen,
leemos, oímos música muy vieja…
A mí me vence el sueño siempre
-te me imaginas un niño-
me dijiste un día – que se duerme en cualquier lado.

Y parece que cuando hablas de lo que amas
no eres tú en ti mismo,
la poesía y el amor te vuelven otro.

Y otra vez más nos ahogábamos la vida en la cerveza,
reíamos por nada,
yo me caía de borracho,
y no importaba cuánto vomitara en los lavabos blancos,
siempre quedaba dentro de mí
ese negro hueco envenado.

Después te dejábamos en la cocina,
con la mirada baja,
el corazón en una mano,
y quizás pensando en tu padre,
en ese poema que todavía no le has escrito.

martes, 17 de febrero de 2009

Metzxóchitl



En el filo de la alberca,
sobre sus hombros de bronce limpio,
resbala una gota de cerveza.

Todos tiritamos de frío,
y llueve,
pero el agua de la alberca se siente tibia,
y se nos olvida el mañana
entre las olitas blandas de la noche.

De repente, Metxóchitl se queda callada.
Mira un punto perdido,
como si quisiera atrapar con la mirada algún recuerdo
una fotografía, una canción, un perfume
que ya nunca volverá.
Y se sumerge.

Yo, la miro en lo profundo.
Supongo que allí todo es silencio.
Allí, su cuerpo flota,
y aguarda la respiración
como si no quisiera salir nunca.

Y me sumerjo.
Y la contemplo como dormida
en el fondo de algún océano inconcebible,
ahogada de nostalgia y de alegría.
Como Afrodita en el mar de Chipre,
con su fondo lleno de palomas de alabastro.

Cuando emergió,
era más ella, más Metzxóchitl.
Y así, con el cabello enredado entre su cuello,
parecía más que nunca una bella ofrenda
lista para tendérsela al destino.

Karla


Quién soñó lo que soñó Karla,
un río de lirios rotos,
una cadena de huesos,
una hermana, un padre, una patria.

Huele a niña,
carga un pétalo en el envés de la mano.
Y no se muerde los labios finos,
pues no se permite ningún gesto débil.
Ni una historia de derrota:
-Esta es la vida- me dijo un día.

-No hay otro momento que éste,
O tú, ¿qué piensas?
Anda, dime algo-

Yo miraba un jazminero y recordaba mi infancia.
Pero ella hablaba del futuro y creaba historia,
Amamantaba un eterno monstruo de ceniza.
Un portento dormido entre los libros.

-O ¿tú qué piensas?
¿Habrá otro momento para nosotros?
¿Quiénes somos, Afhit, de nosotros quién se acordará?-
Me decía, y entrecerraba sus ojos de gaviota.

Y ahí, era tan bella como un filo de Dios
corriendo entre una marejada de yeguas.

No esperaba respuesta
y es ahora que le contesto.
“Quizá nadie se acuerde de nosotros,
pero sé que tu recuerdo sobrevivirá a mi muerte”.

Y sí, tenía razón en todo,
siempre la tuvo;
por eso la quiero tanto:
“Esta es la vida, querido Afhit; no el paraíso”.

Ofelia


Ofelia sabe que la vida es un caudal.
Se sienta en su estera de lino,
lee un libro empezado hace tiempo
y su respiración se hace pesada.

Ofelia sabe que lleva en el pecho una paloma.

Si él llama, calienta el auricular,
toca su lóbulo el teléfono,
luego lo oprime contra su pecho.

Ofelia sonríe cuando habla de nosotros;
la luz pasajera le cae sobre la cara,
le ilumina los ojos, tan cargados de sombras.
Luego duda la duda de la muerte.

Ofelia le canta la canción al vidrio de la ventana.

No hay nada más bello que Ofelia,
cuando se acuerda de su infancia
y habla de su madre,
y de su cuerpo.

Toca su vientre dulce
y piensa en el futuro.

Todos la queremos tanto, tanto.
Yo por Ofelia,
daría todo lo valioso que queda de mi vida.
Pues sé, igual que ella,
que si se ama
debe ser hasta morir esa otra muerte eterna.

Carlos.


Carlos sostiene a su hija sobre su hombro.
La mira en el silencio y el estremecimiento
de quien recibiera todos los años de un solo golpe.

Y crece…
Y se ve más grande, más humano,
como Jesús, Padre nuestro,
al que comparan como una espiga de trigo.
Y sí,
ver a un padre es contemplar una espiga dorada.

Jesús debió tener hijos hermosos.

Carlos es tranquilo como un lago oscuro,
ríe a veces,
y otras más, te mira,
y se sabe con la convicción de aquél
que no puede apagar el incendio de su alma.

Claudia dice que Carlos está enamorado de los momentos;
ella dice sí, y lo quiere tal y como es.

Carlos nació Tauro,
y quizá por eso aguanta.
Lee poesía como quien ara la tierra,
bebe vino,
fuma sobre su asma,
y los zanates siempre lo persiguen .

sábado, 31 de enero de 2009

Poema. Los amantes finales. I


No quisiera irme.
Detenerme aquí, hasta perder el horizonte de mis viajes.

Dedicarme como sacerdote a tu adoración
y encender cada tarde tu centenar de velas;
llenarte los hombros y los muslos de oro.

Jamás partir de ningún lado, nunca irme…
Y sin embargo, como tordo de la ventana,
¿de mí, qué se aleja?
Porque después de ti, ¿qué me aguarda?
¿Debajo de esta escalera, detrás de la puerta,
donde camina la mujer con el niño en brazos
y regresa el obrero cargando una sombra sobre la espalda?

Allá parece que todo se queda,
allá donde el gato se acicala y se enerva
y las mujeres encanecidas, encerradas en sus rebozos de encaje,
se adormecen o musitan;
compran ramilletes de hierbas olorosas.
O vienen desde lejos,
de puertos sureños donde las besó el amor cuando eran jóvenes.

Todavía arrastran la ese
cuando hablan de aquéllos,
y en sueños, todavía los desean.

Tú me miras mirando tanta vida,
triste como un desfiladero.
Y sé que para ti el mañana es un desfiladero,
una playa con huellas que se harán sin nosotros.

No quisiera irme.

Abandonar tu sangre
en hervidero tierno, tenebroso.
Quisiera recostar mi peso sobre tu pecho
y oír la roca que se creía perdida.

Pero estás tú sin el mundo
y no es mundo sino su fantasma.

jueves, 8 de enero de 2009

Días animales. Presentación del libro de Denisse Buendía.


Esta es una presentación que escribimos a dos manos el maestrazo Félix Vergara y su servidor. Denisse es buena poeta, merece alguna lectura.


Días animales, de Denisse Buendía

FÉLIX VERGARA. Hubo una vez un rojo paraíso donde nada era cierto y el deseo se dejaba sujetar por hombres y mujeres incrédulos, aquellos que sepultaron rezos esperando que las piedras florecieran en forma de cangrejos que soñaban con escaleras. La luna era como el sol, una boca anhelante, sin memoria, que germinaba cuando sus anillos reverberaban entre velos opacos, ¿qué viene después de la fábula...?
Ocurrió que los espacios se volvieron grises y para existir fue preciso adelantarse, escurrirse como esqueleto que se desvanece frente al cielo que lo quema. Las sílabas fueron constelaciones, nada estaba dicho, nada era cierto y sin embargo la posesión del mito violentó la boca y sacudió las manos, hasta que cayeron los deseos como animales ciegos que buscaban destruir el azar, y hubo que cantar mientras la casa se derrumbaba, fue imprescindible dejar un testimonio, no conformarse con dibujar escaleras que no llevan a ninguna parte…
Alguien me arrojó del paraíso, […] Huelo un ejército de cucarachas ,/ carcomiéndome el deseo, […] Me asusta / que mis letras exploten / cuando el silencio gire la llave y encienda la luz. / El vacío es la escritura, escuchar la escritura conduce al abismo, y la invención, inspiración, instigación, dimensión del obstáculo, hoguera partida, paraíso de nuevo, otra vez los espacios grises y rojos que taladran el color de su letra proclaman: Escribo como castigo, / reconociendo la adicción a mutilarme. […] Exploto, / me rompo, / aprieto el gatillo…/
La escritura constituye la evocación, la apuesta por el recuerdo se adhiere a la boca y la escritura a la página. Una mujer que quiere ser escritura lo confirma: Esta mujer de memoria despoblada/ sin tinta,/ sin serpientes ni escaleras,/ desterrada del aire. Y advierte: Soy de las que matan,/ y lo olvidan, […] Y acostumbro amar,/ sólo,/ en defensa propia./ Sin embargo, la escritura cobra vida siendo una y múltiples pérdidas donde la pasión deletrea el objeto al que aspira: Para llorarme,/ es necesario olvidar mi voz todas las noches,/ sin tocar el nombre de aquellos que mueren/ por la boca./ ¿Qué hay después de la fábula?

AFHIT HERNÁNDEZ. ¿Y qué hay antes? Sólo días animales. Un mar de soledad donde sólo existe ella. Como Eva, como Litith, bellísima, entregándose a todos los demonios que se encuentran esperando en las afueras del paraíso terrenal.
Todo amor es una expulsión. Todo deseo es la expulsión del paraíso. Y no nos queda más que preguntarnos ¿por qué? ¿Desde dónde proviene este arrebato? ¿Qué gritan los amantes que se ahogan en el centro de nuestro corazón? Señor, ¿qué fuego los consume? ¿Quién soy yo?
Soy yo, / sin vos, / con el corazón atorado, / en un cementerio marino, / de lunas rotas/ Yo soy / sin voz / un escarabajo amarillo / sudando delirio. / Con un olvido de lirios/ acompañándome.
Soy yo, Denisse, también perdiendo la forma en el lenguaje. Viendo derrumbarse mi casa en una nube de silencio. Somos nosotros, Denisse, igual que tú, hombres débiles amamantándonos de muerte. Con un fruto distinto entre las piernas, pero con el mismo fuego recorriendo entre los dendros de las venas. Igual que tú, desnudos.
¿De qué sirve encontrarnos? Pues ese es un saber oscuro. Te atreviste, mujer, a buscarte. Y te enfrentaste a ese espejo negro.
Comenzó a tejer su nombre en una noche cero / maniática y rota comenzó a deletrearse, / a hornear pan para demonios, / a bordarle pasos a los duendes, / y hacer rituales de sal para las brujas. / Una mujer capaz de contener el llanto, / de caminar descalza, / de quemarse la boca, / de arrastrarse como un animal que pide un abrazo fuerte./
Puede irse desnuda a donde nadie ha ido… /
Y ¿quiénes somos en realidad? Maestro, conteste, ¿somos acaso aquellos que ya no somos?
Denisse se encuentra y se desencuentra, se olvida y se transforma en sí misma. Es bruja y es hada. Y sobre todas las cosas, es palabra. Es palabra antes siquiera de ser palabra misma. No hay en su poesía un entramado teórico que justifique la caída. Ni nihilismo, ni racionalismo ni psicoanálisis ni Gestal. ¿Qué importancia tiene todo eso?
Por eso es palabra antes que la palabra. Ese momento donde lo que importa es eso mismo y no otra cosa. Es ese momento mítico en que el tiempo se vuelve transcurrido y nos enfrentamos a esos seres que ya no somos y que seguimos siendo. Es pues el tiempo natural, los días animales.
Sé por la vida,
Que en la lengua de la muerte
Nacen los besos del mundo
Y que de memoria también se llora, cuando los sueños se fracturan.

Yo sé que en cada dedo habita un corazón despostillado
Y que cada mañana me parezco más a los acentos de mi nombre.
Y sé, porque así lo he decidido,
Que soy la extensión de la nostalgia.
Por eso escribo.

Y por eso escribo yo también, Denisse. Por eso también hay tanto fuego que todo lo quema en la palabra. Por eso hay tanto ardor y deseo, porque eso somos, Señor, y eso y todas las cosas: días animales que se enredan en nuestra carne y se vuelven carne o hueso.
O Acaso ¿no es lo mismo Adán que manco?
¿Ceguera que Eva?
¿Olvido que silencio?

Acaso ¿el amor, no se nos rompe en la boca?
Acaso ¿no es el asombro un balcón deshabitado?
¿Y llorar?, ¿no es tener entre las manos la cabeza de Dios?

Sí, Denisse, es todo eso. Y ¿qué es la vida si no un átomo? ¿Qué es la muerte si no un pájaro entre nuestra sangre?, La pregunta lapida y nos envuelve. Y otra vez renace la palabra.
La felicidad es siempre un momento que se ha ido. Pero para eso tenemos la poesía. Creemos falsamente que algo nos devuelve; que de algo nos salva. Creo que hay esa convicción entre tus versos. Pero siempre está esa otra sombra que todo lo cubre. Esa verdad que es tan terrible que queremos que sea pasajera y es eterna: Nada es para siempre y la poesía no nos salva de nada.

FÉLIX VERGARA. Cualquier cosa que hayamos sido, cualquier cosa que seamos tendrá que sobrevenir de manera implacable. Quizá seamos, escribe Denisse, como esos “que mueren por la boca”; con toda seguridad, esta ambición de saciar ciertos inconvenientes como la inconformidad, la amargura, el remordimiento o todo lo que tiene rasgos de “desventurado” no se explica por sí misma y hay que buscar los modos de expresarla.
Somos implacablemente lo que ya no somos, aquellos que, como dices, se ahogan en el centro sin saber de dónde viene el arrebato.
Cada minuto, te encuentras batallando con la angustia y el deseo se trepa por tus ojos, los ocupa como si fuera un parásito carcomido por el ansia: deseo, angustia, ansia, así, en conjunto, como si se tratara de una conspiración. Cada día que transcurre es, por tanto, una conspiración contra la que estás desarmado; por este motivo, el refugio más reconfortable y simultáneamente el más despiadado es el de la fantasía. Debajo de la cama hay duendes, brujas y cabezas degolladas que piden compasión; hablas de tus pesadillas con goce, sabes que es momento de soltar a todas esas bestias, que ellas saben hacia dónde dirigirse.
Hay arañas y bufones debajo de mi cama / y el alma parece animal herido, / arrepentido…/ La fábula concede amparo a la pesadilla: Me dije: para estrangularte… / Te dije: hay que tener dedos de hada. / Voy a contarte una historia en primera persona y dormida. / […] Amé a esa mujer eterna desde el cielo hasta el olvido, / amé sus pesadillas y aprendí a cazar las brujas / que dormían bajo su cama. /
Antes de la fábula, en los días animales que Denisse apresa con la intención de también poder conspirar, en el fondo del espejo negro que ha enfrentado, parece haber una conciliación entre la pesadilla y la fantasía. Quizá por ello, en su poesía hay un aliento mítico reforzado por un aliento místico. Sí, es un saber oscuro el encontrarse. O acaso, un encuentro que quisiéramos precisar. Me parece que el plano de su búsqueda se tiende sobre estos horizontes, aunque el infierno, ese significante que ella también hace íntimo, rodea la atmósfera del edén con significados de carácter casi onírico: Yo ya conocía a los monstruos que lloran/ por no tener espalda, / mas no sabía que el infierno se llamaba mío.
En otro lado, el amor erótico se revela a través de significantes y tonos vinculados con la tradición cristiana: Santo patrón de mi vientre, / santo eclipse de todos mis días. / No obstante, el acento erótico en muchas imágenes funciona al margen de esta premisa. Enroscada en tu sexo, / me vuelvo de sal, / como la bruja que olvidó su escoba. /
Pero ese amor que es un infierno, el edén posible gracias a la fantasía, cobra forma en la pesadilla de lo real que, no hay otra alternativa, es libremente asumido: Algo me quema desde el infierno ventral,/ hasta el vientre infierno,/ y me llevan las cenizas a un puerto sin voz,/ a aullarme en otra pena./ Me volví loca con mi consentimiento, / y fui dejando las heridas, / en un mar que no me pertenece… /
A veces, en esta relación entre lo erótico y lo divino, este último no encuentra forma, y si la encuentra, trae consigo el olvido: Hay esqueletos de agua / junto al Dios del frío, / besos moribundos en la palma de un olvido. A veces, en esta relación entre el amor y su maligna consumación, el mar de soledad, el espejo y el silencio, es el tiempo quien azota el rostro en sus días animales: Mudos triángulos silabean el agua, / y la culpa de Eva en mis animales solos. […]Yo nací en días animales,/ aprendí a dormir silencios… […] Días… / Donde la línea del olvido/ suele morderle la memoria al diablo./
El pasmo frente al tiempo se simboliza en la mirada que el tiempo amenaza con destruir, la angustia intima con la nostalgia. Existe una hora acurrucada en mis ojos, / temblando de tiempo, / cuando descubre que todos los relojes la rechazan, / la golpean, / le gritan cosas espantosas. […] Hay un tiempo en mi tiempo, / donde mis ojos me abandonan. / Es para volverme noche, que me desnudo. /
Y la mujer escritura se desnuda para el carnaval de la ignominia, la bruja que cicatriza en su boca las caricias del amor… Hubo una vez un infierno donde todo había sido dicho y el tiempo, como un sueño sin cuartel, mantuvo los ojos abiertos y nos dio la espalda. Nada es para siempre y la poesía no nos salva de nada.

lunes, 5 de enero de 2009

Felicitación navideña y de año nuevo.


No puedo evitarlo. Les deseo feliz navidad y año nuevo a todos. Mandé una ridícula felicitación por mail y no esperaba la respuesta de ello, pero muchos, muchos me contestaron de manera personal y me llenó el corazón de gozo. Incluyendo una carta de una gran poeta mexicana. Verla, abrirla, leerla. Sentir cómo se llena el pecho de una tibieza extraña.

No puedo hacer que sientan lo mismo, pero puedo intentarlo.

Los quiero. Neta...

Afhit.

jueves, 1 de enero de 2009

Poema de Rosana Acquaroni




CUANDO TODO SE MECE...
Es horrible ser dos inútilmente.
Antonio Gamoneda

Cuando todo se mece sobre el párpado abierto de la noche
y se oyen las pisadas de los últimos porteadores de sueños que se alejan,
cuando la luz ya es término arterial
que la memoria traza desde dentro
y oímos germinar sin acritud
del talar de la sangre
bajo el peso de un labio,
ella se enciende sola.
Mi lámpara rebelde
arde como áspera piel de las sirenas,
disemina palabras
que son naipes sin luz
sobre la hierba.
Las bautiza
las hunde
en las diademas de la noche.
Es horrible ser dos inútilmente
y por eso la dejo gozar de mi tristeza,
nadar contracorriente
en la crecida de otra voz que no alumbra la ceguera
y se enciende
tal vez
más allá de nosotros.

De "Lámparas de arena" 2000

lunes, 15 de diciembre de 2008

Caos y narración: El lenguaje como competencia académica..




Esta es una ponencia que dicté en el Tec, la subo porque maestros muy queridos me lo han pedido, ojalá sirva de algo. Un abrazo a todos.

Esta ponencia dicta sobre el lenguaje como una competencia profesional: Comunicación Oral y Escrita. Busca indagar en los planteamientos ontológicos que determinan al lenguaje para mirarlo con esa perspectiva en la realidad académica. Además pretende incidir en la ética de la visión que se le da al lenguaje en el aula en el siglo XXI y cómo enfrentamos ese riesgo actualmente. Pretende, a su vez, y esto como finalidad primera, despertar una conciencia en el oyente sobre la importancia ontológica del lenguaje y su poder de concreción real y cotidiana.
Sin embargo evita repetir conceptos ya sobregirados, remirados. No me queda la menor de las dudas de que todos los presentes tienen muy claro lo que significa el lenguaje para su quehacer de profesores y profesionales. Todos aquí tenemos muy en claro que una de las herramientas primeras que el docente cuenta para impartir conocimiento es la palabra. En este sentido, el profesor habla. El alumno, escucha. Es de vital importancia que el profesor domine esta competencia en la medida en que las necesidades de su materia les exijan. Pero esto va más allá en dominar una serie de terminología propia de la materia: kinesiología, hermenéutica, monocotiledóneo, axioma, esternocleidomastoideo, elipsis, proposopeya, metagoje, etc. Va más allá. Cada clase es una narración, un discurso. Las materias mismas que impartimos son una narración articulada de la que sólo brindamos al alumno algunos fragmentos; a dichos fragmentos les otorgamos sentido también con el lenguaje, porque sencillamente, la narración completa de nuestra materia no la conocemos. Pero la intuimos.
Al propósito de esto, Freiner dice lo siguiente:
Cuando más analizamos las relaciones educador – educando dominantes en la escuela actual en cualquiera de sus niveles (o fuera de ella) más nos convencemos de que estas relaciones presentan un carácter especial y delimitante –el de ser relaciones de naturaleza fundamentalmente narrativa, discursiva, disertadora. La narración de contenidos que, por ello mismo, tienden a petrificarse o a transformarse en algo inerme, sean estos valores o dimensiones empíricas de la realidad. Narración y disertación que implica un sujeto –el que narra- y objetos pacientes –los alumnos.

Cada conocimiento que pretendemos brindar primero que otra cosa es narración, es discurso, es lenguaje. Si no fuera así, no tendría sentido. Esa es una de las ideas importantes de este ensayo: debemos tomar conciencia de que el mundo es lenguaje. Esto mismo que hoy ofrezco, esta disertación y lo que venga después de ella, no es más que eso: lenguaje. Pero no hay error en decir que ese lenguaje articula nuestra realidad, la ordena en símbolos y concreciones: El poeta francés Baudelaire dijo alguna vez: “El mundo es un bosque de símbolos. Pobre de aquel que no sepa leerlos”.
Esa es la idea; no se trata entonces de decir aquí nada nuevo, ¿qué pudiera decir yo, maestros, que no conozcan ya? Se trata de reafirmar algo que a veces se difumina. Porque el lenguaje es una competencia, sí, pero no sólo profesional sino para la vida misma. Aquel que sepa desentrañar las aristas del lenguaje no sólo estará poseyendo una herramienta para ser competitivo internacionalmente, sino que estará construyendo literalmente su propio mundo. Los creacionistas nos lo enseñaron: Vicente Huidobro decía: “el poeta es un pequeño dios” pues crea con la palabra. Y como profesores nuestro deber es ese, crear, construir, acrecentar.
Con cada palabra que sale de nuestra boca cuando enseñamos, construimos o ayudamos al alumno a construir su mundo y su realidad. Son famosos los ejemplos de los esquimales que, donde nosotros solo vemos blanco, ellos distinguen casi 30 tipos de blancos, pues tienen 30 nombres para nombrarlos. En la Ilíada, Afrodita baja al fragor de una batalla vestida de armadura y lucha hombro con hombro con los guerreros, pero como seguro recuerdan, Afrodita debe bajar a la tierra desde el Olimpo no ha luchar, sino a hacer el amor, porque esa es su función. Para eso nació ella, para hacer el amor y no la guerra; por eso en plena batalla, pierde el control de las armas y es herida en un seno por un hermoso mortal, y a la divina, a la alta, a la rodeada de palomas, le sale del pecho herido un líquido llamado Ikor. Y ¿qué es el Ikor?, ¿existía el Ikor en su mundo antes de que yo se los mencionara?, ¿he acrecentado un poco siquiera su mundo, al nombrar la hermosa sustancia que corre por las venas de los dioses, donde nosotros sólo tenemos sangre? Yo creo que un poco, sí.
Vamos a adentrarnos en posturas más filosóficas. “El límite de nuestro mundo es el límite de nuestro lenguaje” dijo el filósofo alemán Wittgestein. Invito a las personas aquí presentes a que piensen en algo que no exista. Que no exista ni siquiera de manera no concreta. No se vale pensar en unicornios por ejemplo, pues existen en la imaginación, aunque carezcan de materia. Si no me creen, reflexionen un poco en los sentimientos por ejemplo, el amor o la muerte no tiene materia alguna y sin embargo ¿alguno de los presentes duda que existen?
Y volviendo a la pregunta, ¿encontraron algo que no exista? Nómbrenmelo. Es imposible pues en el momento en que la nombro, eso que es improbable, inexistente, increado, se vuelve probable, existente y creado; ergo, todo lo que existe tiene nombre o forma; ergo, todo lo existente es lenguaje.
En este sentido, se ha dicho ya mucho que el pensamiento es lenguaje. Se ha demostrado por tendencias modernas de la neurología que el pensamiento va más allá de eso. Es lenguaje, sí, pero es otra cosa más que no podemos ni siquiera imaginar. Pero lo importante aquí es lo primero. Pensamos en palabras, por lo tanto, la propiedad en el lenguaje, será la propiedad en el pensamiento. Hace poco me preguntaba un alumno que cómo podía darse cuenta él de que la gente era inteligente. No puede darle un examen a cada persona que conoce y decirle: “contéstelo y luego platicamos a ver si me conviene su amistad”. Pero una persona que demuestre propiedad en su lenguaje, dije yo, demostrará propiedad, orden, estructura, belleza, en su pensamiento. Y con esto no quiero decir que todo el tiempo hable con barroquismos y figuras que nadie entiende solo para demostrar su cultura. El hombre culto no es aquel que hable solamente de manera culta, sino que el que sabe moverse entre los distintos niveles del lenguaje, demostrando también que sabe perfectamente adecuarse al nivel que en el que está hablando.
Ya hace un momento mencionaba que nuestras materias son lenguajes, discursos, construcciones de las que no nos queda más que ofrecer fragmentos reducidos a elementos manejables por el hombre. El escritor de Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll, mencionó alguna vez la anécdota de un rey que le encantaba salir al bosque a pasear pero invariablemente siempre se perdía. Así que decidió hacer un mapa del bosque. Así no se perdía y disfrutaba de sus paseos. Pero pronto lo poseyó la ambición y quiso crear un mapa perfecto, más exacto a ese bosque. Y lo logró, pero no era suficiente, algo lo obligaba a señalar cada piedra, cada riachuelo, cada árbol. Su obsesión llegó tan lejos que quiso imitar cada hoja de cada árbol de su amado bosque en su también amado mapa. ¿Saben lo que pasó? Qué se perdió también en el mapa.
El lenguaje nos ayuda a reducir el caos del mundo en un orden manejable. Nos ayuda a que el hombre que disfruta del bosque no se pierda en el bosque mismo, pero no puede entonces el lenguaje capturar el mundo mismo en su totalidad, aunque lo construya, porque entonces, el hombre mismo se perdería en ese bosque del lenguaje. Y sería un ser doblemente perdido. Quizá por eso, Heráclito, esa lumbrera espiritual de la antigüedad griega llamó a la unidad universal Logos, que quiere decir palabra. El ser es el logos. El todo es la palabra. De hecho dijo también: “No a mí, sino habiendo escuchado al logos, es sabio decir junto a él que todo es uno”. Tomando al logos como la gran unidad de la realidad acaso lo real. Heráclito nos pide que escuchemos al logos. No que hagamos uso de él. También la tradición cristiana, tan rica en metáforas, llama a Dios, Verbo. El verbo que se vuelve carne: pues antes existía la palabra.
Pero si ya tenemos claro que el lenguaje es una herramienta vital, ¿todo termina ahí? No. No es sólo, y ni remotamente, una herramienta. Va más allá, debe ir más allá. Si consideramos al lenguaje una herramienta estamos vendiéndonos a la peor de las pasiones: el poder. La palabra es también poder: En un fragmento de Alicia a través del espejo del mismo Lewis Carroll, la niña habla con el conejo, quien le dice: “Niña, pásame la verde libertad bien fundamentada”. Alicia respondió, al ver que éste señalaba la mostaza: “¿te refieres a la mostaza?” El conejo dice: “No, es la verde libertad bien fundamentada”. Alicia, resopla, “está dispuesta a luchar por su palabra. No es la verde libertad bien fundamentada; es la mostaza”. El conejo responde, “si fuera la mostaza y no la verde libertad bien fundamentada, yo no mandaría aquí”.
Y como el conejo mandaba en aquel lugar, era la libertad bien fundamentada. Ustedes profesores detentan el poder más peligroso que cualquier arma, la palabra. Son un poco más poderosos que los alumnos que no la detentan. Pues queremos alumnos callados, que no hablen; antes al contrario, que escuchen.
Detenten bien esta arma. La verdadera libertad provendrá del hecho de cómo se ejerce ese poder de la palabra: Freire decía “Nadie libera a nadie, ni nadie se libera sólo. Los hombres se liberan en comunión.”
De hecho, limitar al lenguaje como una mera herramienta mediática para lograr un fin, sea cual fuere éste, es pragmático e incluso antiético. No debemos entonces creer en ninguna circunstancia que enseñamos al alumno a manejar esta competencia sólo, digamos, para hacerse rico o para convencer de algo en su propia conveniencia. Sino que debemos enseñar el lenguaje como un sistema en sí mismo. Como una forma de pensamiento que es valiosa por el mero hecho de existir y que representa ontológicamente para nosotros un determinante de nuestras propias vidas. Tampoco, creo humildemente debemos promover una asepsia absurda y simplificada del lenguaje. Eso es la muerte. La lengua es de quien la habla y debe hablar cómo quiera que quiera. Profesores, no existen las malas palabras, existen las palabras mal usadas y esto significa decir una buena palabra o una mala palabra donde el contexto no lo necesite. Sin embargo es deber del profesor brindar a los alumnos la gama de posibilidades para que él a partir del conocimiento, escoja cuál decide usar. Pues mientras hable desde la ignorancia no podemos hablar de libertad: el alumno hace uso de lo que tiene.
Yo creo que nos molestan las llamadas ‘malas palabras’ porque nos imponen un caos a nuestro orden. También por eso tenemos quizá algunos de nosotros un afán inquebrantable de andar corrigiendo a diestra y siniestra cuando alguien habla mal. Hubo un tiempo que ha su servido también se le enchinaba la piel cuando alguien decía accesar en lugar de acceder, o coadyuvar en lugar del puro contribuir. Pero, creo también humildemente que ese no es el camino. No se puede andar por la vida corrigiendo a todos. Porque acá entre nos, muchas veces las correcciones ni siquiera eran correctas, como aquellos que piensan que gentes está mal o que no comprenden que la ese final del dijistes o usastes no es más que un rescoldo anacrónico del dijisteis o usasteis. Pero nos molesta porque eso nos mueve el ligero orden que a fuerza de mucha historia y mucho empeño, hemos medianamente impuesto y en el cual nos sentimos más o menos seguros. Hemos, igual que el rey de la anécdota Lewis Carrol, construido un mapa donde no nos perdemos y si nos lo mueven, se nos derrumba. Pero, perdidos, el hombre mismo está perdido en sus propios mundos. Este coloquio es muestra de nuestro noble esfuerzo por hallar asideros donde prendernos y navegar la vida. No se me malinterprete tampoco. Creo que hay que corregir, sí, esa es nuestra función, pero debemos ofrecer al otro las posibilidades desde donde vaya a escoger si quiere o no usar tal o cual palabra. Corregir no es necesariamente imponer. De hecho, imponer es romper con el orden que el otro había construido para sí mismo, y donde él también se sentía tranquilo. Y ya quedó claro, creo, que eso no nos gusta a nadie.
Pongo por ejemplo esta frase: “A quien los dioses destruyen, primero lo enloquecen”. Esta frase en latín se dice: quem deus vult perdere, dementat prius. En griego quizá se oiga más bello: On Jeos Jelei apolesai, prot apojre nai.
“A quien los dioses quieren destruir, primero lo enloquecerán”. No sabemos quién dijo estas palabras. La erudita Ruth Padel (2005) buscó, cual Fausto, algún indicio del autor de estas palabras: No lo halló. Concluye que quizá esta frase provenga de las experiencias que las tragedias dejaron en los griegos en los ingleses del siglo XIX. Pero es una frase que guarda una verdad tan oscura como profunda, tanto, que quisiéramos que fuera muy antigua, más que los hombres mismos.
Y de hecho lo es. Cuando en el cristianismo se le ruega a Dios que “no nos deje caer en tentación” (tentación que en griego es peirasmón, lucha, prueba) estamos expresando un verdadero temor. “Dejarnos caer en tentación es algo que Dios puede hacer. Que Dios ha hecho” (Padel, 25).
Y vuelvo para causar en sus mentes un eco: “a quien los dioses quieren destruir, primero lo enloquecen”. La locura es algo que la modernidad considera como uno de los grandes flagelos que el pensamiento racional debe combatir. Es nuestro deber luchar contra la impiedad, la destrucción, la irracionalidad, en fin, el caos. Pero debemos entender que la locura no es más que una vivencia “que delatan las potencias que rigen nuestras vidas” (Padel, 102). Y ¿qué es la locura?, caos, y ¿qué es el caos? Falta de lenguaje.
En muchas cultura, en sus mitos propiamente, el origen de todas las cosas es el Caos, el gran Kaos griego padre preolímpico de todos los dioses. El caos de la India, del Cristianismo desde donde “el verbo” “la palabra” se hizo carne y le dio orden al mundo. La palabra, es decir, el lenguaje ordena el caos en el que vivimos, otorga sentido a nuestro mundo y nuestra realidad en la que a veces pareciera que todo se confunde. Más ahora, en estos momentos donde tantas veces repetimos la palabra crisis.
Y en este mundo que pretendemos organizar bajo códigos lingüísticos establecidos, cualquier caos, cualquier locura, queremos erradicarla. Y si el orden es lenguaje, advierto lo siguiente que ya nos lo había predicho el surrealismo: la desarticulación del lenguaje es también la desarticulación de la realidad. Allí radica su importancia. El lenguaje sencillamente lo es todo.
Y hablemos ahora de la competencia del lenguaje escrito. ¿Por qué es una competencia que nuestros alumnos deben manejar? Sí, para promover sus ideas, para saber comunicarse con el mundo, etc. Pero otra vez no vengo aquí a repetir lo que ya se dijo. Sino a reafirmar una profundidad que ha veces se nos olvida. La palabra escrita es el invento más importante de la humanidad. Jorge Luis Borges lo dijo: toda la tecnología es una extensión de nuestra fuerza. El hombre es débil, no corre cual chita a 90 km por hora. No vuela como los pájaros, no nada como los peces, no levanta pesos inmensos como los elefantes, por eso inventa automóviles, aviones, submarinos, grúas; porque todo eso no es más que extensión de su fuerza, y todo eso demuestra lo debiluchos que somos. Sin embargo, el libro no es la extensión de ninguna fuerza física; es la extensión de pensamiento mismo, de la inteligencia. Por eso es necesario que los alumnos escriban correctamente. Para que dejen evidencia de lo que son y esto es más poético y espiritual que útil. Pero a veces, nos confundimos en creer que si no sirve para nada, si no le encontraré finalidad práctica, ¿para qué pierdo el tiempo con eso? ¿Para qué leer una novela?, ¿para qué contemplar las flores?, ¿para qué dedicarle un momento a la reflexión?
A manera de conclusión, yo los invito que nos alejemos un poco de las finalidades prácticas para justificar las competencias y veamos más allá. Indaguemos un poco en el espíritu. En nuestro ser como humanidad. ¿No es ese acaso parte de la misión del Tecnológico, volver más al carácter humanístico del mundo? Y eso sólo se logrará tomando parte de una conciencia vital: siempre habrá un más allá. Un momento más profundo donde se refleje el hombre mismo y toda su obra. Donde se vea que la belleza, la razón y la vida se sustenta en sustancia que no comprendemos y mucho menos dominamos, pero que es destino del hombre amarlas y dejar la sangre en ello.
Muchas gracias.